Mientras la inteligencia artificial se ha convertido en el comodín favorito para explicar casi cualquier ajuste de plantilla en tecnología, Sam Altman acaba de poner nombre al truco. El consejero delegado de OpenAI denunció en el India AI Impact Summit que parte de los despidos atribuidos públicamente a la IA responden en realidad a otra lógica: recortes que muchas empresas ya pensaban ejecutar y que ahora presentan como si fueran consecuencia inevitable de la automatización. Altman lo resumió con una expresión que empieza a ganar fuerza en el sector, “AI washing”, y admitió que, aunque sí existe un desplazamiento real de empleo, el impacto visible hoy está siendo exagerado por algunos directivos.
La crítica no significa que Altman niegue el problema. Al contrario: en esa misma intervención reconoció que la IA ya está desplazando algunos puestos y que espera ver más de ese efecto en los próximos años, aunque también defendió que surgirán nuevas categorías laborales, como ha ocurrido en otras transiciones tecnológicas. Lo relevante es el matiz: para el jefe de OpenAI, el gran vuelco del mercado de trabajo aún no ha llegado con la intensidad que sugiere el discurso corporativo y mediático.
Los datos enfrían el relato del apocalipsis
Los datos disponibles, al menos de momento, le dan bastante munición a esa lectura. La firma Challenger, Gray & Christmas contabilizó 1.206.374 despidos anunciados en Estados Unidos en 2025, pero solo 54.836 fueron atribuidos explícitamente por las empresas a la inteligencia artificial. Eso equivale a menos del 5% del total anual y deja claro que la mayoría de los recortes siguen vinculados a reestructuraciones, incertidumbre económica y otras razones ajenas a una automatización efectiva a gran escala. La propia Challenger admitía en su informe que el mercado parece premiar a las compañías que mencionan IA, un incentivo nada menor para vestir viejas decisiones con lenguaje de vanguardia.
Tampoco los indicadores macroeconómicos sugieren, por ahora, una hecatombe provocada por ChatGPT y sus rivales. The Budget Lab de Yale sostiene que el mercado laboral estadounidense no ha experimentado una disrupción discernible desde el lanzamiento de ChatGPT, y que hasta noviembre de 2025 no se observaban efectos macroeconómicos relevantes directamente ligados a la expansión de la IA. En paralelo, un working paper del NBER basado en respuestas de unos 6.000 directivos en Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Australia concluye que más del 90% no percibe impacto en empleo y que el 89% no detecta cambios en productividad laboral durante los últimos tres años. Dicho de otra forma: la narrativa del apocalipsis laboral corre bastante más rápido que la evidencia agregada.
Ni siquiera la industria está de acuerdo
Eso no impide que dentro de la propia industria haya mensajes mucho más duros sobre lo que viene. Dario Amodei, CEO de Anthropic, ha advertido de que la IA podría golpear especialmente al empleo de cuello blanco de nivel inicial, mientras Jensen Huang, de Nvidia, ha defendido casi la tesis contraria: que el boom de la IA está creando una enorme demanda de electricistas, fontaneros, trabajadores del acero y perfiles ligados a la construcción de centros de datos, con salarios que en algunos casos ya se mueven en cifras de seis dígitos. El contraste es revelador: incluso entre los líderes del sector no hay consenso sobre el ritmo ni sobre la dirección final del cambio.
La intervención de Altman importa, sobre todo, porque introduce una sospecha incómoda en el centro del debate: que parte del miedo social alrededor de la IA no nace de lo que la tecnología ya está haciendo, sino de cómo algunas empresas la utilizan como coartada comunicativa.















