Hoy, el Alto Atlas marroquí es un paisaje árido, pedregoso y azotado por condiciones climáticas extremas. Pero hace más de 150 millones de años, esta región se encontraba sumergida bajo un océano profundo y oscuro. En aquel entonces, donde ahora solo se alzan montañas y se extiende el desierto, prosperaban formas de vida microscópicas capaces de sobrevivir sin luz solar. Un reciente descubrimiento científico ha confirmado esta asombrosa realidad.
Un equipo internacional de investigadores ha desentrañado el misterio de unas extrañas estructuras fosilizadas halladas en la Formación de Tagoudite, en Marruecos. Estas marcas onduladas y rugosas, impresas en rocas jurásicas situadas a más de 600 kilómetros de Casablanca, habían desconcertado a la comunidad científica durante años. El entorno actual, completamente incompatible con cualquier rastro de vida marina, hacía que estas estructuras parecieran un enigma.
Marruecos desafía las convenciones al confirmar que su extenso desierto, el Sahara, fue una vez un mar profundo, con una profundidad de 200 metros, hace aproximadamente 150 millones de años
La región conserva sedimentos de un antiguo fondo oceánico que, tras millones de años de movimientos tectónicos, se elevó a más de 3000 metros de altitud. Entre estas rocas emergen formas irregulares: crestas sinuosas, relieves ondulados y pequeños surcos que varían desde apenas unos milímetros hasta varios centímetros de tamaño.
Durante décadas, muchos expertos interpretaron estas estructuras como restos asociados a microorganismos fotosintéticos, similares a los que habitan en aguas poco profundas iluminadas por el sol. Sin embargo, un nuevo estudio publicado en la revista Geology ha revolucionado esta visión, ofreciendo una perspectiva completamente diferente sobre estos enigmáticos fósiles.
La investigación, liderada por la geobióloga Rowan Martindale, revela que estas formaciones se originaron a unos 200 metros de profundidad, en una zona marina con escasa penetración de luz solar. Esto descarta prácticamente cualquier actividad basada en la fotosíntesis, lo que obliga a buscar otra explicación para su origen.
La clave reside en microorganismos quimiosintéticos, capaces de obtener energía a partir de reacciones químicas en lugar de depender de la luz. Estos organismos aprovechaban compuestos ricos en sulfuro presentes en los sedimentos del fondo marino, formando auténticos tapices microbianos adheridos al lecho oceánico.
Con el tiempo, las colonias quedaron enterradas y fosilizadas, formando las “arrugas” en las rocas del Alto Atlas. El análisis químico y microscópico reveló altas concentraciones de carbono, indicio de actividad biológica en la formación de los sedimentos. La disposición y morfología de las estructuras coinciden con patrones de ecosistemas microbianos extremos, sugiriendo comunidades quimiosintéticas en completa oscuridad.
Este descubrimiento reescribe la historia geológica de la región y amplía nuestro conocimiento sobre la adaptación de la vida a entornos extremos. Mucho antes de los ecosistemas complejos en superficie, estos microorganismos prosperaban en las profundidades oceánicas sin luz solar. Las “arrugas en las turbiditas” podrían ser clave para comprender la evolución de los ecosistemas quimiosintéticos en los océanos antiguos y la capacidad de la vida para adaptarse a ambientes hostiles.















