En el norte de China, el desierto está encontrando un aliado inesperado: miles de paneles solares que cubren terrenos áridos, creando sombra y reduciendo la evaporación, mientras fomentan la supervivencia de plantas resistentes. Lo que parecía un simple proyecto de energía se ha transformado en un experimento a gran escala para detener la expansión de la arena.
En la región noroeste de Ningxia, una instalación agro-solar de 1 gigavatio combina generación eléctrica con reforestación: arbustos y cultivos como el goji crecen bajo la sombra de los módulos, mientras barreras estratégicas frenan el viento y el desplazamiento de la arena. En las afueras de Yinchuan, los trabajadores podan cuidadosamente los arbustos bajo esta especie de “mini paraguas”, que protege el suelo y mantiene la humedad, según explica Liu Yuanguan, vicepresidente de Ningxia Baofeng.
China construye un muro de luz: millones de paneles solares para frenar el desierto y alcanzar 253 GW en 2030
Este enfoque forma parte de una red en expansión por el norte y oeste de China. No se trata de un proyecto aislado: Ningxia Baofeng ya opera otra instalación de 1 GW en Majiatan y planea llevar la energía solar hasta 30 GW, combinando electricidad y lucha contra la desertificación.
El modelo se basa en tres pilares: la sombra de los paneles, barreras que amortiguan el viento y paciencia. Los resultados son lentos: puede pasar hasta cinco años antes de que la mejora sea evidente, y el objetivo es pragmático: minimizar daños y estabilizar zonas vulnerables, no eliminar desiertos por completo.
El problema es enorme: una cuarta parte de China está desertificada, y las campañas para frenar la arena comenzaron en los años setenta. La energía solar se suma ahora a este arsenal, enmarcada en iniciativas como “Tres Nortes”, que pretende recuperar hasta 7.000 km² para 2030 mientras se instalan 253 GW de paneles solares.
Un detalle clave: la estrategia evita tierras cultivables de calidad. De este modo, China busca un doble objetivo: generar electricidad sin competir con la agricultura y frenar el avance del desierto. Los resultados son modestos pero constantes: la superficie desertificada bajó del 27,2% hace una década al 26,8% el año pasado. En reservas como Baijitan, décadas de trabajo han recuperado alrededor de 800 km². Wang Xiaoling, directora de la zona, resume con realismo: controlar el desierto es una guerra lenta; no se trata de erradicarlo, sino de reducir sus daños.















