China tiene un problema que, visto desde fuera, parece casi una paradoja. Las regiones donde se concentra buena parte de su población, su industria y sus grandes ciudades son precisamente algunas de las que menos agua tienen. En cambio, los principales recursos hídricos se encuentran en el sur. Durante décadas, esta desigualdad ha obligado al país a buscar una solución capaz de alterar, literalmente, el mapa del agua.
La respuesta fue una infraestructura de dimensiones colosales. En 2002, el Gobierno chino puso oficialmente en marcha el Proyecto de Trasvase de Agua de Sur a Norte, una red de canales, túneles, acueductos y conducciones destinada a transportar agua desde las cuencas meridionales hacia las regiones más secas del norte. El objetivo es garantizar el suministro de ciudades como Pekín y Tianjin y reducir la presión sobre unos recursos cada vez más exigidos.
En 2002, China retomó una idea de Mao Zedong. Dos décadas después, su ambicioso proyecto ha beneficiado a 185 millones de personas
La idea, sin embargo, es mucho más antigua. En 1952, Mao Zedong ya planteó la posibilidad de aprovechar el agua disponible en el sur para abastecer al norte. La propuesta quedó durante décadas fuera del alcance del país por su enorme dificultad técnica y económica. Con el crecimiento de China y el desarrollo de nuevas tecnologías, aquel proyecto terminó convirtiéndose en realidad.
La gigantesca infraestructura está dividida en tres grandes rutas. La central es actualmente la más importante y parte del embalse de Danjiangkou, desde donde el agua recorre más de 1400 kilómetros hasta alcanzar Pekín y otras zonas del norte.
La ruta oriental utiliza en parte el histórico Gran Canal de China para llevar recursos hídricos hacia ciudades como Tianjin. La tercera, la occidental, es mucho más complicada: debería atravesar algunas de las zonas montañosas más difíciles del país y continúa en fase de planificación, con un horizonte de desarrollo situado en las próximas décadas.
Según los datos oficiales chinos, el proyecto ya proporciona agua directamente a unos 185 millones de personas. Una cifra que permite entender mejor la dimensión de una obra concebida para solucionar un problema que afecta a una parte enorme del país.
Pero semejante transformación también ha tenido un precio. Para elevar el nivel del embalse de Danjiangkou fue necesario inundar extensas zonas habitadas. Alrededor de 330.000 personas tuvieron que abandonar sus hogares, dejando atrás tierras agrícolas, viviendas y comunidades enteras. El impacto tampoco terminó con las reubicaciones. Algunas familias denunciaron problemas relacionados con las nuevas viviendas y las compensaciones recibidas, mientras los científicos han advertido de los posibles efectos ecológicos de conectar cuencas que durante miles de años habían permanecido separadas.
China ha conseguido así algo que parecía imposible: transportar agua a través de enormes distancias para abastecer a sus grandes ciudades del norte. Es una proeza de ingeniería que garantiza recursos para millones de personas, pero también una obra que recuerda que modificar la geografía de un país tiene consecuencias que van mucho más allá de los kilómetros de canales construidos















