En el norte de China hay un lugar donde el turismo ha convertido la geología en una fantasía espacial. El geoparque volcánico de Wulanhada, en Ulanqab, Mongolia Interior, se ha hecho muy popular por sus conos volcánicos inactivos y por un paisaje de roca oscura, tonos rojizos y llanuras abiertas que muchos visitantes comparan con una base marciana. La propia prensa china ha recogido esa imagen del enclave como una especie de “Mars base” doméstica, alimentada además por el tirón de las fotos con trajes de astronauta.
El fenómeno no se entiende solo por el decorado natural. Buena parte del éxito está en cómo se ha empaquetado la visita: en la zona se alquilan trajes espaciales para posar sobre la ceniza volcánica y entre los cráteres, una experiencia que ha acabado convirtiéndose en reclamo visual para redes sociales y escapadas de fin de semana. China Daily y People’s Daily ya venían destacando desde hace tiempo esa costumbre de recorrer el parque vestido como si se tratara de un paseo lunar, una mezcla de parque temático improvisado y turismo paisajístico que ha encajado muy bien entre el público joven y familiar.
Un paisaje real convertido en fantasía marciana
Detrás del fenómeno hay también un escenario geológico real y bastante singular. Wulanhada forma parte de un conjunto de volcanes en la pradera de Ulanqab que distintos materiales turísticos y de divulgación describen como uno de los paisajes volcánicos más llamativos del norte de China, con varios conos bien conservados y coladas visibles sobre el terreno. No es solo un fondo bonito para hacerse fotos: su atractivo nace precisamente de esa combinación entre rareza geológica, horizonte abierto y un relieve que cambia mucho de color según la luz del día.
La fiebre por visitarlo encaja, además, en un momento de fuerte crecimiento turístico en la región. Distintas referencias sobre Mongolia Interior sitúan por encima de los 300 millones las visitas domésticas recibidas en 2025, una cifra que ayuda a explicar por qué enclaves como Wulanhada se han convertido en escaparates muy visibles del turismo interior chino. No significa que esos 300 millones correspondan solo al geoparque, sino al conjunto de la región, pero sí deja claro el tamaño del mercado al que se está dirigiendo esta clase de destinos experienciales.
Turismo visual para sentirse en otro planeta
Lo interesante es que este “Marte chino” no vende lujo ni exclusividad, sino una simulación asequible de viaje imposible. Frente al turismo espacial real, reservado a fortunas, Wulanhada ofrece una versión terrenal, fotogénica y mucho más barata del sueño de salir del planeta. Ahí está parte de su fuerza: no promete ciencia avanzada ni exploración auténtica, pero sí una experiencia fácil de consumir, muy visual y perfectamente diseñada para que el visitante sienta durante un rato que ha cruzado la órbita sin salir de Asia. Esa lectura coincide con la forma en que medios y reportajes visuales han presentado el lugar en los últimos años.
En el fondo, Wulanhada resume bastante bien una tendencia del turismo contemporáneo en China: convertir paisajes reales en escenarios narrativos que se comparten casi tanto como se visitan. El gancho ya no está solo en mirar un volcán extinto, sino en habitarlo durante una hora como si fuera otra cosa, en este caso un decorado marciano.















