La llanura de Konya, uno de los grandes graneros de Turquía, se está llenando de agujeros que ya no pueden tratarse como una rareza geológica. En esta región del centro del país, los expertos sitúan el número de socavones en torno a 700, una cifra que resume mejor que cualquier discurso hasta qué punto la sequía y la sobreexplotación del agua subterránea han empezado a reventar el terreno desde abajo.
El fenómeno no se explica por una única causa. Konya se asienta sobre materiales solubles, sobre todo calizas, lo que la hace vulnerable de partida a este tipo de colapsos. Pero esa fragilidad natural se ha vuelto mucho más peligrosa con décadas de agricultura intensiva y extracción masiva de agua para riego, justo en una zona que encadena años cada vez más secos. Fetullah Arik, geólogo de la Universidad Técnica de Konya, ha advertido de que en los dos últimos años la aceleración del problema ya resulta imposible de ignorar. De hecho, esto mismo podría ocurrir en algunas zonas de España.
El acuífero se hunde y el riesgo se multiplica
La imagen sobre el terreno es cada vez menos abstracta. Reuters informó a finales de 2025 de que los niveles freáticos en partes de la cuenca de Konya están cayendo a un ritmo de 4 a 5 metros por año, muy por encima del descenso de aproximadamente medio metro anual que se observaba a comienzos de los 2000. A eso se suma un dato especialmente delicado: en la zona se calcula la existencia de unos 120.000 pozos sin licencia, frente a unos 40.000 legales, una presión brutal sobre un acuífero que ya no se recarga al ritmo necesario.
Lo inquietante es que el paisaje de la región también está cambiando a escala mucho mayor. Según testimonios y datos locales recogidos por The Guardian, el área ha perdido 186 de sus 240 lagos en unos sesenta años, mientras que 2025 fue descrito en Turquía como uno de los años más secos de las últimas cinco décadas. Lo que antes era una crisis lenta se parece ahora más a una degradación estructural del territorio.
Del campo al colapso visible
Para los agricultores, el problema no es solo ambiental, sino cotidiano y económico. Hay campos con varios socavones abiertos, maquinaria que ya no puede entrar con seguridad y familias que trabajan con la sensación de que el suelo puede ceder en cualquier momento. Reuters describía casos en los que algunos agujeros se abrían a escasos metros de personas trabajando, sin víctimas por ahora, pero con una incertidumbre permanente sobre viviendas, cosechas e infraestructuras rurales.
En el fondo, Konya se ha convertido en una advertencia bastante cruda sobre lo que ocurre cuando la crisis climática se cruza con una mala gestión del agua. Turquía llega a este punto después de un ciclo de sequía especialmente severo y con una presión creciente sobre sus recursos hídricos, mientras el país intenta mantener su potencia agrícola en una región cada vez menos capaz de sostenerla.















