Análisis Castlevania Belmont’s Curse: Castlevania vuelve con emoción, originalidad y confiando en el jugador (PC, Xbox Series X, PS5, Switch)
Castlevania Belmont’s Curse es una maravilla. Si estabais preocupados porque Konami confiara en Motion Twin y Evil Empire, los desarrolladores de los roguelikes de acción Dead Cells y The Rogue Prince of Persia, para recuperar Castlevania, quitaos esas preocupaciones de la cabeza. El trabajo de los estudios franceses no se ha limitado en ofrecer una buena aventura de acción y plataformas. No es solo un metroidvania cumplidor. Demuestra maestría en lo que se puede esperar de este tipo de juegos, pero también es sorprendente, emocionante y bello. Simultáneamente respetuoso con su legado e innovador al interiorizar cómo ha evolucionado el género, al introducir sus propias ideas y al confiar en la inteligencia y la atención del jugador.
Una historia más allá del homenaje en una París endemoniada
Esta experiencia deliciosa de desarrollo lateral comienza con Trevor Belmont y su hija, Rose, acudiendo a la París del Siglo XV para salvarla de las criaturas, los demonios y, presumiblemente, los vampiros que la amenazan. El protagonista de Dracula's Curse se desvanece nada más llegar para que sea su heredera quien toma las riendas de una aventura que en lo narrativo nos ha dado muchísimo más de lo que esperábamos, sin que en ningún momento la historia se entrometa en el flujo de la partida.
Rose es un personaje con sus demonios internos que, como el propio juego y sus desarrolladores, carga con un legado pesado. Con su personalidad intrépida e incluso insolente, nos ha conquistado mediante su tenacidad y la misma perseverancia que a veces se espera del jugador. A sus mandos vivimos una historia que está repleta de momentazos y de situaciones épicas, en la que se nota que detrás hay gente que ama Castlevania y que quiere honrar a sus predecesores.
Hay situaciones que nos han dejado al borde de gritar de la emoción y que tendrán el mismo impacto para cualquiera que tenga un mínimo de apego por la serie. Y eso lo consigue sin sumergirse en el pozo de la referencialidad, sino sorprendiendo, contando algo nuevo y localizando Castlevania. La cosmología de la serie de vampiros se desarrolla fantásticamente, pero la mitología y la Historia francesa también tiene su espacio sin que una tape a la otra.
Pero Rose no está sola. Junto a su maldición, su madre le dejó en herencia una baraja de tarot, fuente de tantas buenas ideas de este juego. A lo largo de la partida, en esos arcanos atrapará las almas de los monstruos, las criaturas y los iconos que la acompañarán durante su odisea. Algunos aportan por el simple hecho de estar, y otros contribuyen con un rol más prominente en la narración y por su importancia en el trasfondo de Castlevania. Esas aportaciones proceden de diálogos con la concisión y la brevedad apropiadas que dan trascendencia a ciertos momentos sin que tapen el protagonismo de quien realmente importa, el jugador, sus peripecias, su habilidad y su inteligencia.
No es solo un buen metroidvania: investigación, secretos y sorpresas
También de esos arcanos procede aquello que hace que Castlevania Belmont’s Curse sea más que un buen metroidvania. Porque es un juego que mira a sus precedentes y a los referentes de ahora, a Symphony of the Night y a Hollow Knight, pero que también ha estudiado a los contemporáneos que están llevando el género hacia otros lugares, como Animal Well y otros títulos que requieren tanto de reflejos y pericia como de observación y de ingenio.
Rose es una cazadora de vampiros y eso se representa con las cartas del tarot, una por cada gran monstruo, cuyo paradero habrá que investigar mediante las pistas que encontramos por los escenarios, hablando con espíritus y haciendo descubrimientos por esta París en llamas. Es una recontextualización del clásico backtracking que nos hace sentir como detectives que rastrean a su presa. Después de unas primeras horas algo más lineales, nos obliga a observar, a pensar y a estar atentos a las sugerencias que aparecen en los naipes, en el mapa y en los detalles de las barrocas localizaciones.
De esta satisfactoria mecánica emergen muchos de los grandes momentos de una aventura que no para de ir a más conforme jugamos. Son situaciones en las que nos damos cuenta de que podemos interactuar con algo de cierta manera en la que no habíamos pensado y que nos dejan boquiabiertos frente a la pantalla. U otras en las que simplemente se plantea algo que hemos hecho mil veces en otros juegos del estilo, pero que aquí tienen un formato totalmente distinto que nos deja maravillados.
Para sustentar los misterios, la investigación, la curiosidad y la experimentación hace falta un diseño de niveles a la altura, y vaya si lo está. Es capaz de mostrar una cara directa y amable para quienes solo quieren rascar la superficie de un juego cuyas mayores virtudes están en sus profundidades, pero los que busquen sumergirse del todo disfrutarán de escenarios rebosantes de sorpresas y de secretos, de caminos alternativos y de atajos por desbloquear, y de recompensas detrás de sus correspondientes desafíos de combate y de plataformeo, sobre todo de plataformeo.
Una rosa con espinas
A su vez, para que sea ameno escudriñar hasta el último píxel de cada sala tiene que ser divertido el mismo hecho de moverse por ellas. Por un lado, en este sentido es un juego más tradicional. La mayoría de las habilidades que Rose obtiene durante la partida las conocemos de sobra: el doble salto, el impacto contra el suelo, el dash. Por otro lado, la última Belmont consigue casi al principio de su periplo un látigo que en este Castlevania no es (solo) un arma, sino una herramienta para engancharse a enemigos y a arandelas; un utensilio que otorga a la exploración un satisfactorio movimiento cinético. Además, en algunos escenarios hay maneras ingeniosas de desplazarse que, junto a las trampas, los pinchos y otros obstáculos, refrescan constantemente el método de avanzar.
En el espectro de los metroidvania, Belmont’s Curse se acerca más a aquellos en los que predominan los saltos y la exploración que a los que buscan un desafío constante en las batallas, aunque no porque le falten enfrentamientos ni porque estos sepan a poco, sino porque la balanza, en cantidad y calidad, pesa más en una de las bandejas. La agilidad de nuestra protagonista para salvar obstáculos la lleva también a las batallas. El látigo le permite estar en constante movimiento, alzándose hacia los enemigos voladores y dando un contundente y satisfactorio golpe a aquellos que acaba de enganchar si pulsamos el botón en el momento correcto.
Puede esquivar, dar un saltito hacia atrás al hacerlo de nuevo, bloquear ataques con un escudo mágico, deslizarse bajo las piernas de los enemigos y hasta partir flechas de un golpe. Su plantel de movimientos es tan amplio que desearíamos que nos pusieran más a prueba, que nos dieran una excusa para sacarle el partido a todo lo que podemos hacer. No es un juego fácil y tampoco hay niveles de dificultad, pero sentimos que tenemos más herramientas de las necesarias para superar a un bestiario diverso, aunque acaba repitiéndose y protagoniza enfrentamientos que, conforme avanzamos y subimos de nivel, parecen más un trámite y menos un desafío.
Al amplio abanico de posibilidades de Rose hay que añadir un sistema de armas efectivo por su sencillez. Aquí no hay armas con mogollón de efectos distintos a tener en cuenta, sino siete categorías diferentes —dobles espadas, garras, lanza, látigo, por supuesto—, cada cuál con su identidad jugable, de las que obtenemos versiones que hacen más daño, lo que invita a ir probando diferentes tipos. En conjunto con las reliquias, que tienen más posibilidades y sinergias de lo que parece al principio, resultan más que suficientes para dar alas a diferentes estrategias y estilos de juego.
Jefes con inventiva a los que le falta diente
Los jefes son harina de otro costal. Los principales no son especialmente desafiantes, salvo uno que es de esos que te da tantas palizas que acabas olvidando cómo te llamas, hasta que lo acabas superando sin que te toque. Entre los opcionales sí hay alguno que supone un reto, pero la gracia de todos ellos no está en el desafío en sí, sino, como en el resto del juego, en el proceso para llegar hasta ellos y en su originalidad: Belmont’s Curse demuestra que todavía se pueden tener nuevas ideas al diseñar jefes. Al derrotarlos, pasan a formar parte de nuestra baraja de tarot. Sus arcanos otorgan habilidades entre las que hay varias potentísimas y con mucha inventiva que, lamentablemente y por su condición de opcionales, no se les saca todo el partido que tienen.
Belmont’s Curse cautiva con su ruta principal, a la que puedes llegar tras unas 17 horas, pero en lo opcional está lo que transforma un juego impecable en un referente. Tras alcanzar el final verdadero, con más de 27 horas en el marcador y rozando el 100 % de compleción, el nuevo Castlevania nos dejó el poso de un videojuego que rinde homenaje a su legado sin olvidarse de continuarlo, que entiende lo que hace divertido a los metroidvania e introduce sus propias ideas, y que confía en la atención y en el intelecto de quien juega para proponer desafíos y puzles en los que la observación y la inferencia son necesarias.
Un pasote audiovisual
Todo esto tiene un envoltorio sensacional. Artísticamente es un pasote. A quien guste la estética victoriana con tintes macabros, y a todos aquellos que estéis deseando volver a Bloodborne u os mordéis las uñas porque The Game Kitchen saque otro Blasphemous, Belmont’s Curse os va a maravillar. En más de una ocasión un escenario nos ha dejado con un grito ahogado de pura alucinación, y como el resto del juego, esta París truculenta no para de ir a más. El diseño de los enemigos, reinterpretaciones de clásicos de la saga, y especialmente de los jefes, está a tan buen nivel como sus animaciones y las de Rose.
Sin embargo, en varios momentos hemos sentido que el barroquismo de la estética se interpone en la legibilidad, tanto al identificar caminos como, sobre todo, en algunos combates multitudinarios y contra ciertos jefes; esta es una de las pocas taras que identificamos, junto a la falta de finura en ciertos aspectos del diseño. Además, en la versión para PC, aunque rinde con solvencia en el equipo descrito al final de este análisis, alguna vez hemos visto un salto de frames extraño que, por suerte, nunca nos ha pillado en un momento decisivo. Hablando de rendimiento, aunque por el momento no está verificado para Steam Deck, funciona correctamente en ese dispositivo, aunque en ciertos escenarios muy recargados se reduce la fluidez.
Tan entusiasmados con lo que vemos en pantalla estamos con lo que oímos. Los efectos de sonido son buenos y el doblaje (en inglés y en japonés, con textos en español) están aun muy buen nivel, sobre todo en las escasas secuencias animadas, cuyo estatismo dejan ver que estamos ante un juego de presupuesto medio. Más allá de eso, nuestra exaltación viene de la música. Conforme avanzamos y el backtracking nos obliga a encontrarnos y reencontrarnos, es cierto que se acaba haciendo repetitiva, pero son pistas geniales que, de nuevo, rinden homenaje a Castlevania sin renunciar a aportar algo nuevo, con textura y con profundidad.
Conclusiones
Castlevania Belmont’s Curse hace bien todo lo que se podría esperar de un metroidvania, pero ni mucho menos se conforma con eso. Rinde homenaje a la saga que recupera demasiados años después de la última entrega a la vez que la hace avanzar y construye algo propio. Tiene un diseño casi impecable que continuamente introduce nuevas ideas. Su estructura con componentes de juego de investigación nos hace sentir como una auténtica cazadora de vampiros que rastrea a sus presas. Y, sobre todo, despliega una gran cantidad de sorpresas que esperan a ser desentrañadas y disfrutadas por unos jugadores en cuya atención y observación confía.
Cuando hay combates o secciones de plataformas en las que el diseño no es todo lo fino que desearíamos, o cuando nos damos cuenta de que a las habilidades de Rose se les podría sacar más partido (quizá con un desafío más exigente), esos breves momentos menos dulces, pero nunca amargos, se disipan rápidamente por todo lo anterior y por un envoltorio artístico apabullante; una música y un estilo visual que rezuma Castlevania sin olvidarse de la cultura de la Francia de la que procede. Castlevania ha vuelto, y lo ha hecho con un latigazo sobre la mesa.
Hemos realizado este análisis gracias a un código para Steam facilitado por Konami. El PC utilizado tiene una NVIDIA GeForce RTX 3070 8 GB, un AMD Ryzen 5600X y 32 GB de RAM.

NOTA
Puntos positivos
Puntos negativos
En resumen
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