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Ya es oficial: científicos confirman que el motor que permite viajar más rápido que la luz ya es posible: 'más de 300.000 km/s'

Sin una tecnología capaz de moldear espacio-tiempo con precisión y con presupuestos energéticos astronómicos, el warp seguirá siendo, por ahora, un laboratorio de ideas.
Ya es oficial: científicos confirman que el motor que permite viajar más rápido que la luz ya es posible: 'más de 300.000 km/s'
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Actualizado: 10:01 15/2/2026
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La idea de un “motor warp” —un atajo relativista para aparentar viajar más rápido que la luz sin que la nave viole localmente las reglas— acaba de volver a circular con fuerza porque un trabajo teórico propone un modelo físicamente formulable que evita uno de los grandes “imposibles” asociados al concepto: la necesidad de densidades de energía negativas. La noticia ha saltado a medios generalistas, alimentada por la fascinación pop de Star Trek y por el gancho de “ahora sí se puede”, aunque en ciencia esa frase suele esconder un matiz crucial: se puede escribir en ecuaciones, no construir mañana.

El punto de partida sigue siendo el mismo que en 1994: el “warp drive” de Miguel Alcubierre, una solución dentro de la relatividad general donde el espacio-tiempo se expande detrás y se contrae delante, generando una “burbuja” que traslada a su ocupante sin acelerarlo en su propio marco. El problema: para sostener esa geometría, el tensor energía-momento exigía materia exótica con energía negativa (y cantidades descomunales de energía), algo que choca con intuiciones físicas y con restricciones cuánticas en condiciones realistas.

Qué cambia en las ecuaciones (y qué no)

El trabajo que se cita como “salto” (publicado y también disponible en arXiv) no dice que hayamos encontrado una forma práctica de hacerlo, sino que reordena el planteamiento: en vez de “una nave moviéndose en una burbuja”, construye una familia de métricas tipo burbuja donde la geometría se puede sostener, en principio, con distribuciones de materia/energía que no requieran regiones extensas de energía negativa. En otras palabras, convierte el problema en uno de ingeniería del espacio-tiempo compatible con leyes conocidas, pero no reduce automáticamente el coste a algo alcanzable.

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Ahí entra el segundo matiz: “no usar energía negativa” no equivale a “barato” ni a “factible”. En la propia literatura técnica, incluso las variantes que relajan condiciones exóticas suelen acabar pagando un precio en forma de tensiones enormes, densidades extremas o requisitos de configuración que hoy no sabemos generar ni controlar, y que podrían ser inestables o incompatibles con materia ordinaria en escenarios concretos. De hecho, buena parte de la discusión moderna gira en torno a qué condiciones de energía se violan, cómo se distribuyen y qué significa eso físicamente.

De “posible” a “no sabemos cómo”

Por eso, cuando divulgadoras como Sabine Hossenfelder lo explican, el tono suele ser el mismo: interesante como construcción matemática —porque aclara qué parte era “prohibida” y qué parte era “solo carísima”—, pero aún en el territorio de lo especulativo. El resultado útil hoy no es una nave, sino un mapa más preciso de los obstáculos: qué necesita realmente una métrica superlumínica, qué se puede evitar (energía negativa en ciertas formulaciones) y qué sigue ahí (recursos energéticos y control gravitacional fuera de escala).

Así que “warp drive posible” es correcto solo si entendemos “posible” como no descartado por las ecuaciones en una formulación concreta, no como “a una generación vista”. La historia real, científicamente, es menos hollywoodiense y más interesante: estamos refinando los límites entre relatividad, física cuántica y materia conocida, y eso a veces convierte un “imposible” en un “no sabemos cómo”.

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