En el interior de un pequeño frasco de vidrio romano —un ungüentario de los que suelen aparecer en tumbas y excavaciones como simples recipientes de perfume— un residuo marrón oscuro ha terminado contando otra historia: la de un remedio médico hecho con heces humanas y una planta aromática para disimular el olor. La pista apareció en los almacenes del Museo Arqueológico de Bergama, donde varios recipientes conservaban restos, pero solo uno tenía material suficiente para un análisis completo.
El equipo, liderado por el arqueólogo Cenker Atila, aplicó cromatografía de gases y espectrometría de masas (GC-MS) para identificar moléculas concretas en esas “escamas” antiguas. El resultado clave fue la detección de coprostanol y 24-etilcoprostanol, dos “estanoles” que funcionan como biomarcadores fecales: aparecen cuando el colesterol se transforma en el sistema digestivo. Además, la proporción entre ambos compuestos apuntaba a un origen humano (no animal), lo que convierte el hallazgo en una prueba química directa, no en una suposición basada en textos.
La fórmula y el truco del olor
La mezcla no era solo excremento. En el mismo residuo se identificó carvacrol, un compuesto aromático presente en aceites esenciales de hierbas como el tomillo. La lectura que proponen los autores es casi “de manual” romano: un ingrediente desagradable enmascarado con una planta de olor fuerte para hacerlo tolerable al paciente. En el artículo científico lo encuadran como la primera evidencia química directa de que estos preparados no eran recetas literarias, sino formulaciones que se elaboraban y se usaban.
La ubicación también pesa. La antigua Pérgamo fue un gran centro médico en época imperial y está asociada a Galeno, cuyas obras describen remedios basados en excrementos (incluido el de niños con dietas específicas) y recomiendan mezclas con hierbas, vino o vinagre para suavizar el rechazo. El frasco, por tanto, funciona como un puente raro entre “lo que se escribía” y “lo que se aplicaba”, algo que en arqueología de la medicina cuesta muchísimo conseguir porque la materia orgánica suele degradarse y desaparecer.
Qué cambia este hallazgo
Lo más interesante, más allá del shock cultural, es lo que revela sobre la práctica cotidiana: que un mismo tipo de envase podía circular entre cosmética, higiene y farmacia; que el olor importaba como barrera real de cumplimiento terapéutico; y que los médicos —o quienes preparaban estos productos— trabajaban con estrategias sensoriales, no solo con ingredientes. El estudio, publicado en Journal of Archaeological Science: Reports, firma la pieza con un DOI específico y documenta el caso como “evidencia medicinal” en un contenedor sellado con arcilla procedente de un contexto funerario.















