El final del Cretácico suele contarse como una secuencia casi cinematográfica: hace unos 66 millones de años, un gran asteroide impactó en la península de Yucatán y abrió el cráter de Chicxulub, desencadenando incendios globales, oscuridad atmosférica y un colapso de las redes tróficas que acabó con cerca del 75% de las especies, incluidos los dinosaurios no avianos. Pero si la extinción está relativamente bien acotada, lo que vino después —la “resaca” ecológica— siempre ha sido más difícil de medir con precisión.
El motivo es geológico: el planeta no se limitó a “seguir acumulando capas” como si nada. Tras el impacto, océanos y continentes entraron en modo turbulencia: tsunamis, remociones masivas de sedimentos, cambios en corrientes y erosión acelerada. En ese contexto, datar cuánto tardaron en reorganizarse los ecosistemas marinos es un dolor de cabeza, porque el registro puede quedar revuelto, discontinuo o engañosamente “compacto”.
Polvo espacial como reloj en sedimentos caóticos
Ahí entra un truco que parece de ciencia ficción pero es muy terrenal: usar polvo espacial como reloj. La idea se apoya en un componente raro —helio-3— que llega asociado a micrometeoritos y polvo extraterrestre que cae de forma relativamente constante. Si cuantificas ese helio-3 en sedimentos marinos, puedes estimar cuánto tiempo tardó en depositarse esa capa, incluso cuando el entorno local está hecho un caos. Esa es la clave del estudio liderado por Timothy J. Lowery (The University of Texas at Austin), publicado en Geology: convertir un “ruido” cósmico estable en una regla temporal para el periodo inmediatamente posterior a Chicxulub.
Con ese cronómetro en la mano, el trabajo apunta a una conclusión que cambia el ritmo del relato: algunos organismos marinos —en especial microplancton— habrían empezado a diversificarse en miles de años, no en escalas de millones. El equipo interpreta que, pese a un océano todavía alterado, los nichos ecológicos vacíos y la presión por recolonizar habrían actuado como acelerador, permitiendo que nuevas formas aparecieran sorprendentemente pronto en términos geológicos.
Extinción rápida, recuperación desigual
Este tipo de datación no “borra” lo brutal del evento: el impacto fue una guillotina ecológica. Lo que sugiere es que, una vez despejada parte de la niebla, la biosfera no siempre reconstruye lentamente; a veces responde con una rapidez que, vista desde el calendario humano, suena imposible. Y eso obliga a matizar una intuición muy extendida: extinción rápida no implica necesariamente recuperación lenta, al menos para ciertos grupos microscópicos con ciclos vitales cortos y gran capacidad de dispersión.















