En la órbita baja (LEO), donde operan los satélites Starlink de Elon Musk, ya no basta con “lanzar y olvidarse”: la seguridad depende de una coreografía constante de seguimiento y microajustes. Un trabajo de 2025 propone una métrica inquietante, el CRASH clock, y calcula que si los satélites perdieran la capacidad de maniobrar —por fallo masivo, ciberincidente o perturbación extrema— el tiempo medio hasta una colisión grave bajaría a 2,8 días con el tráfico de junio de 2025.
La idea es brutal por lo simple: el indicador no “predice” un choque concreto, sino el margen antes de que el azar estadístico empiece a cobrar factura cuando se apaga el piloto automático del espacio. En ese mismo análisis, el ritmo de acercamientos peligrosos es ya de vértigo: en conjunto, los encuentros a menos de 1 km entre objetos catalogados ocurrirían, de media, cada ~20 segundos; y los de 100 metros, cada ~33 minutos.
Tormentas solares y el caos de las maniobras
Ahí es donde una tormenta solar deja de ser un espectáculo de auroras y se convierte en un problema de ingeniería: al calentar y expandir la termosfera, sube la densidad atmosférica a cientos de kilómetros de altura, aumenta el arrastre y empeora las predicciones orbitales. La tormenta geomagnética “Gannon” de mayo de 2024 se usa como ejemplo reciente de estrés operacional: miles de satélites maniobraron en bloque —en gran parte por mantenimiento automático de constelaciones— y los autores describen que casi la mitad de los satélites activos en LEO llegaron a maniobrar a la vez, lo que complica el cálculo de conjunciones justo cuando más se necesita.
El precedente más didáctico ocurrió con algo mucho menos “apocalíptico” que Carrington: en febrero de 2022, una tormenta geomagnética relativamente modesta elevó el drag en órbitas bajas y 38 de 49 Starlink recién lanzados acabaron reentrando antes de poder subir a su altitud operativa, según análisis revisados por pares y un informe técnico que reconstruye el episodio con datos de NOAA.
Carrington, Kessler y la gobernanza orbital
¿Y si el Sol repitiera un evento extremo tipo Carrington (1859)? NOAA lo describe como un episodio histórico de impacto tecnológico (en su época, sobre todo telegráficos) y se toma como referencia de “peor caso” para infraestructuras modernas. Si una tormenta de esa magnitud degradara durante días el seguimiento y la capacidad de mando/maniobra, el CRASH clock sugiere que el sistema entraría rápido en zona roja: no porque “caiga” una red en un minuto, sino porque el riesgo de choque significativo crecería a una velocidad que la logística y la coordinación actuales quizá no podrían absorber.
La salida no es solo tecnológica; también es de gobernanza: mejor predicción del drag y protocolos comunes para maniobras, intercambio de efemérides y gestión de tráfico espacial antes de que el volumen lo haga incontrolable. Y, si el miedo de fondo es el “efecto Kessler” —la cascada de fragmentos que multiplica colisiones—, NASA y ESA llevan años advirtiendo de que la sostenibilidad orbital exige reducir masa y chatarra, no únicamente “portarse bien” a partir de mañana.















