Es inevitable. Los microplásticos están presentes en nuestro día a día y es casi imposible escapar de ellos. Pese a que Occidente ha comenzado a eliminar su dependencia del plástico, llegando a convertirse en una obsesión estética de primer nivel, los expertos advierten que el plástico está incrustado en nuestra sangre tras años de derroches a los océanos y de una política de reciclaje ineficiente. El problema es mucho más profundo de lo que creemos y nos afecta biológicamente.
La ciencia lo revela: los microplásticos invaden todos los órganos humanos y sus efectos en la salud siguen siendo un enigma
Más allá de los macroplásticos visibles, como envases o bolsas, los microplásticos -partículas de hasta cinco milímetros- se han convertido en una amenaza silenciosa que invade ríos, mares, suelos e incluso el aire que respiramos. Según la UICN, cerca del 28 % proviene del desgaste de neumáticos, mientras que el 35 % son fibras textiles sintéticas liberadas con cada lavado. El polvo urbano añade un 24 %, dejando claro que la contaminación no se limita a la gestión de residuos.
El impacto sobre la salud humana empieza a preocupar seriamente. Estudios recientes, tras comprobar que estas partículas están presentes en el ambiente por el que nos movemos, han detectado microplásticos en órganos vitales: pulmones, corazón, cerebro e incluso en las placentas de las mujeres embarazadas. "Hoy podemos encontrarlos prácticamente en todo el organismo", advierte Rossana Soletti, de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul. Los efectos a largo plazo aún se desconocen, pero las señales actuales son inquietantes.
Los números no son menos alarmantes. Para 2050, los océanos podrían contener más plástico que peces en peso, según el Foro Económico Mundial. Ya hay casi 200 millones de toneladas dispersas en mares y ríos, y su lenta degradación -entre 400 y 600 años- asegura que cada desecho se fragmente en miles de partículas microscópicas.
La cadena alimentaria también sufre su presencia a niveles que, a día de hoy, no somos conscientes. Moluscos, crustáceos y peces ingieren microplásticos, que finalmente llegan a nuestros platos. A ello se suma la capacidad de estas partículas para transportar metales pesados y aditivos químicos, algo realmente peligroso, aumentando la incertidumbre sobre sus efectos.
Frente a este panorama, los científicos insisten en medidas estructurales, políticas públicas eficaces y un cambio radical en el consumo. Lo que comenzó con una simple pajita revela hoy un desafío global que amenaza ecosistemas, salud y el futuro de las generaciones venideras.















