La última “rebelión cronológica” alrededor de la Gran Pirámide de Guiza, en Egipto, vuelve a apoyarse en un argumento seductor por su simplicidad: si una superficie parece muy erosionada, entonces el monumento debe ser muchísimo más antiguo. El problema es que esa lógica convierte un fenómeno ruidoso (la erosión, que cambia con clima, sales, viento, reparaciones y exposición) en un reloj lineal, y ahí es donde la hipótesis empieza a patinar.
El estudio que está circulando propone una ventana de construcción extremadamente temprana —miles o decenas de miles de años antes del Egipto faraónico— a partir de comparaciones de desgaste y un tratamiento estadístico, pero su difusión se ha hecho en ResearchGate y no como artículo revisado por pares, algo relevante cuando lo que se plantea contradice un cuerpo de evidencia acumulado durante décadas. En otras palabras: puede ser una idea para discutir, pero no es (todavía) un resultado validado por la comunidad científica en los circuitos habituales de revisión.
El consenso se sostiene por convergencia
El “bloque duro” del consenso no depende de una única prueba, sino de convergencia. Por un lado, hay cronologías radiocarbónicas que encajan con el Science faraónico y sitúan el Imperio Antiguo en las bandas temporales esperables para la IV Dinastía, usando series de dataciones y modelos estadísticos (no una muestra aislada). Por otro, en el propio paisaje de Guiza aparecen evidencias arqueológicas de logística y asentamientos vinculados a las obras (infraestructura, material cultural y organización del trabajo) que encajan con una construcción estatal del III milenio a. C., no con un horizonte paleolítico sin huellas equivalentes de urbanismo, economía o escritura.
La pieza que más incomoda a las dataciones “imposibles” no es química: es administrativa. En Wadi al-Jarf se hallaron papiros con diarios de expedición que describen transporte de piedra caliza y operaciones asociadas al reinado de Keops, lo que introduce una clase de evidencia rara en arqueología monumental: “contabilidad” y rutina de obra, con topónimos y tareas. El trabajo de Pierre Tallet y colaboradores se cita de forma recurrente precisamente porque aporta ese puente entre el monumento y el aparato estatal que lo hace posible.
Por qué la erosión no escala a milenios sin más
¿Y por qué la erosión es una base frágil si lo que quieres demostrar son 10.000–30.000 años? Porque la tasa de alteración no es constante: depende de microclimas, ciclos de humedad, cristalización de sales, tormentas de arena, restauraciones, pérdidas del revestimiento y hasta cambios modernos (turismo, limpieza, consolidación). En un edificio con historia de intervenciones, comparar “zonas protegidas” frente a “zonas expuestas” no garantiza que estés midiendo solo tiempo; muchas veces mides historias diferentes de exposición y mantenimiento. Por eso, en geociencias y conservación patrimonial suele exigirse triangulación con otros marcadores (estratigrafía, dataciones independientes, materiales asociados, contexto arqueológico), especialmente cuando el salto temporal es de órdenes de magnitud.














