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Islandia entra en un peligroso ciclo volcánico que amenaza infraestructuras pero tienen un plan para salvar la isla

Grindavík quedó prácticamente vacía tras la evacuación de noviembre de 2023, y desde entonces la vida allí se ha gestionado como un estado intermitente.
Islandia entra en un peligroso ciclo volcánico que amenaza infraestructuras pero tienen un plan para salvar la isla
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Actualizado: 15:00 8/2/2026
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En Islandia, el sobresalto volcánico de los últimos años ya no se lee como una “racha” de mala suerte, sino como el arranque de una fase larga. Varios vulcanólogos llevan tiempo advirtiendo de que la península de Reykjanes podría haber entrado en un nuevo periodo eruptivo comparable al de la Edad Media, con pulsos que se estiran décadas y, en el marco geológico, incluso siglos (se habla de horizontes de hasta ~400 años).

La base del problema es mecánica, no mística: el país se asienta sobre la dorsal mesoatlántica (un límite divergente) y, además, recibe el “empuje” de un punto caliente del manto. Esa combinación abre y tensa la corteza, facilita intrusiones de diques magmáticos y convierte el riesgo en algo más difuso: no hay un único cono “a vigilar”, sino fracturas que pueden aparecer a lo largo de kilómetros, con sismicidad en enjambres y deformaciones del terreno que delatan dónde se está cargando el sistema.

Cómo se “ve” una intrusión antes de que rompa

Lo que ha cambiado con respecto a otros siglos es la capacidad de “ver” el proceso antes de que rompa: GPS/GNSS, radar satelital (InSAR) y modelos de intrusión permiten seguir la inflación del terreno y afinar escenarios, aunque no haya un botón de stop. El propio Icelandic Meteorological Office ha publicado en estos episodios mapas de peligro y modelizaciones basadas en deformación y sismicidad, que son, básicamente, la forma moderna de traducir el lenguaje subterráneo a decisiones de protección civil.

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Luego llega la parte incómoda: cuando la amenaza se pega a la infraestructura, la ciencia necesita a la ingeniería… y la ingeniería solo puede ganar tiempo. En torno a Grindavík y el área de Svartsengi, Islandia ha levantado diques y barreras con tierra y roca a un ritmo casi de emergencia: Reuters describió muros del tamaño de edificios de tres plantas para proteger instalaciones críticas y viviendas. Es una idea simple —la lava sigue la gravedad—, ejecutada con complejidad: hay que diseñar alturas, ángulos y puntos de sacrificio para redirigir flujos sin crear nuevos problemas.

La vida en modo intermitente

La dimensión humana se ve en los calendarios de evacuación y regreso: Grindavík quedó prácticamente vacía tras la evacuación de noviembre de 2023, y desde entonces la vida allí se ha gestionado como un estado intermitente, con cierres, retornos parciales y la sensación de que “hogar” puede volver a cambiar de significado en cualquier enjambre sísmico serio. Esa incertidumbre sostenida —no el espectáculo de la lava— es la que desgasta a una comunidad cuando el episodio deja de ser puntual y se convierte en rutina prolongada.

Y ahí está el núcleo del dilema: si el ciclo se confirma como largo, la conversación nacional ya no va de “superar la erupción”, sino de planificar una vida con erupciones. Proteger carreteras, tuberías y plantas geotérmicas puede ser viable; garantizar que cada barrio lo sea, no siempre.

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