Cuando China decidió plantar millones de árboles para frenar el avance del desierto de Gobi, la idea parecía sencilla y poderosa: detener la arena, capturar carbono y convertir territorios áridos en corredores verdes. Sin embargo, la realidad se mostró más compleja. Los bosques, creados mayoritariamente con especies de rápido crecimiento, empezaron a absorber enormes cantidades de agua del suelo y los acuíferos.
Lo que comenzó como un escudo contra el desierto terminó alterando el ciclo hidrológico: la humedad se redistribuyó lejos de las comunidades agrícolas, modificando patrones de lluvia y generando escasez allí donde más se necesitaba. Fue peor el remedio que la enfermedad.
China falla en el Gobi: su “Gran Muralla Verde” de millones de árboles seca acuíferos y termina dañando el ecosistema que pretendía salvar
El proyecto, conocido como la Gran Muralla Verde de China, sirvió como demostración de la capacidad del país para ejecutar megaproyectos, pero también dejó en evidencia los riesgos de abordar la naturaleza como si fuera una fábrica estandarizada. El bosque cumplió su función de contener la arena, pero a costa de secar suelos, alterando acuíferos milenarios y competir directamente con la agricultura y el suministro de agua.
Estudios recientes muestran que, entre 2001 y 2020, la disponibilidad de agua dulce disminuyó en varias regiones del norte y este de China, mientras que zonas alejadas vieron un aumento, un efecto secundario inesperado que cambió la narrativa de éxito inicial. Al otro lado del mundo, África abordó la reforestación con un enfoque distinto. La Gran Muralla Verde africana, que atraviesa 22 países del Sahel, dejó atrás la idea del monocultivo lineal. Hoy es un mosaico de restauración gracias a la restauración de especies autóctonas, la lógica gestión del agua, la llamada agroforestería y la participación activa de las comunidades locales.
El objetivo no es solo cubrir hectáreas de verde, sino recuperar suelos, asegurar agua, generar empleos y mantener la biodiversidad. El árbol se convierte en parte de un sistema que integra agricultura, pastoreo y conocimiento tradicional, buscando resiliencia más que estética. El contraste entre China y África es evidente, pues mientras un bosque mal planificado puede agravar la crisis hídrica, una reforestación pensada desde la ecología y las personas puede convertirse en una herramienta para restaurar la vida. Plantar árboles no es suficiente.















