Bajo un campo de cultivo en Rutland (Inglaterra) apareció un suelo que funciona como una “pantalla” de la Antigüedad tardía: el llamado mosaico de Ketton, datado en una villa romana de los siglos III–IV d.C., es decir, de hace alrededor de 1.600–1.800 años (una cifra redonda habitual sería “unos 1.700 años”).
El hallazgo se activó en 2020, cuando se detectaron indicios en el terreno y se impulsó una excavación arqueológica que acabó sacando a la luz una composición monumental (aprox. 11 m de largo) que debió decorar una estancia de representación —probablemente un espacio de banquetes o recepción— dentro de ese complejo rural acomodado.
Una Troya distinta en teselas
A primera vista, las escenas parecen “las de siempre”: Aquiles y Héctor enfrentados en carros, el arrastre del cuerpo del príncipe troyano y, después, el rescate. Pero es en ese tercer momento donde el mosaico se sale del carril más conocido: muestra al rey Príamo colocando vasijas de oro en una balanza para igualar el peso de su hijo, un detalle que no encaja con la lectura directa de la Ilíada y obliga a mirar hacia otras tradiciones del mito.
Esa es la clave del estudio académico realizado por investigadores de la Universidad de Leicester que ha reorientado el relato: un trabajo publicado en la revista Britannia plantea que la iconografía se aproxima mejor a una versión asociada a Esquilo, en concreto a su tragedia perdida Phrygians (conservada solo en fragmentos y referencias antiguas). La propuesta no “inventa” una Troya nueva: recuerda que, ya en la Antigüedad, las historias circulaban en variantes y se fijaban en imágenes con libertad, según escuelas artísticas y gustos de quienes pagaban la obra.
Fuego, pérdida y reconstrucción
Además, el propio estado del mosaico cuenta otra historia: parte del panel del rescate estaba dañado por fuego, y el equipo pudo reconstruir secciones perdidas siguiendo el rastro de teselas y contornos, un trabajo casi quirúrgico que convierte la investigación en algo más que “ver qué representa”: también es entender cómo se hizo, cómo se estropeó y qué decidió conservar la gente siglos después.
El resultado deja una idea potente para explicar por qué importa: en una Britania romana a menudo imaginada como periferia, este suelo sugiere conexiones culturales con el Mediterráneo y un consumo sofisticado de mitos, incluso de versiones que hoy son casi fantasmas literarios. No es casual que el yacimiento esté protegido oficialmente (programado como monumento): el mosaico no solo ilustra a Troya, también ilumina cómo circulaban historias, símbolos y prestigio en el mapa del Imperio.















