El expresidente de Estados Unidos Barack Obama y Michelle Obama han vuelto a elegir Mallorca para sus vacaciones estivales, reafirmando un vínculo que lleva más de una década consolidándose con la isla balear.
Desde que Michelle visitara por primera vez sus playas y jardines en 2010, como primera dama, la pareja ha convertido este rincón del Mediterráneo en su refugio anual. El viaje de este año se ha adelantado unas semanas respecto a lo habitual, coincidiendo con la estancia de sus amigos James Costos, exembajador de Estados Unidos en España, y su pareja Michael Smith, reconocido interiorista que llegó a decorar la Casa Blanca. Con ellos comparten la finca Xarbet, una elegante propiedad en Llubí que combina tradición rural mallorquina con diseño contemporáneo. Por eso dijeron sentirse 'como en casa'.
Un municipio que parece de interior en una isla rodeada de playas increíbles
El municipio de Llubí, situado en el corazón de la isla, conserva un ritmo de vida pausado que encandila a sus visitantes más ilustres. Sus molinos harineros, su iglesia parroquial de Sant Feliu —construida entre los siglos XVI y XVII— y los restos prehistóricos del talayot de Es Racons hablan de un pasado agrícola y de raíces profundas. La finca que acoge a los Obama, antes conocida como Vinagrella, fue reformada por Smith para fusionar arquitectura señorial y comodidades modernas, manteniendo el carácter sobrio y luminoso que caracteriza a las casas mallorquinas. Este entorno, alejado de la masificación turística, ofrece a la pareja la tranquilidad que no encuentran en otros destinos.
Dada su notoriedad pública y las inevitables medidas de seguridad, los Obama han convertido las salidas en barco en una de sus actividades predilectas. El itinerario habitual comienza en la bahía de Palma, cuando el sol de la tarde proyecta sombras doradas sobre la catedral de La Seu, joya gótica que domina la línea de costa.
Desde allí, la navegación hacia el norte ofrece un paisaje que se torna más agreste: la bahía de Pollença, con sus aguas translúcidas y barcas de pesca, y finalmente el cabo de Formentor, donde los acantilados se desploman sobre un mar tan cristalino que permite ver peces desde cubierta. Son lugares apartados que, lejos de miradas indiscretas, ofrecen a los Obama la intimidad que buscan.
La gastronomía es un punto importante
En tierra firme, la experiencia culinaria forma parte esencial de su estancia. La pareja ha sido vista en restaurantes como Béns d’Avall, suspendido sobre un acantilado entre Sóller y Deià, donde el chef Benet Vicens propone una cocina de autor que rinde homenaje al mar y a la despensa local. También frecuentan Flanigan, en el puerto de Portals Nous, conocido por sus arroces y pescados frescos en un ambiente cosmopolita, y Ca na Toneta, en Caimari, que reivindica recetas tradicionales con productos de kilómetro cero y un compromiso firme con la sostenibilidad. Estos lugares, cuidadosamente elegidos, reflejan el gusto de los Obama por lo auténtico y lo bien hecho.
La agenda de la pareja no se limita a la gastronomía y el mar. En visitas anteriores han recorrido talleres de artesanía como Gordiola, emblemático por su tradición centenaria de vidrio soplado, y han paseado por mercados locales y pequeñas tiendas en busca de cerámica, textiles y objetos únicos. Es en estos espacios donde, según quienes los han visto, los Obama se muestran más relajados, disfrutando del contacto con la Mallorca más genuina, lejos de los flashes y de los circuitos turísticos más transitados.















