A Leo, un banquero holandés que había acumulado 45 años de carrera, la jubilación le llegó antes de lo planeado: al cumplir 65, su empresa activó una salida “automática” vinculada a la edad, pese a que él había pedido seguir hasta los 67. El golpe no fue solo simbólico: su pensión neta quedó en 1.850 euros al mes, muy lejos de los 3.800 aproximados que ganaba trabajando, y de ahí su frase amarga sobre lo “triste” que resulta el aterrizaje.
El trasfondo importa: en Países Bajos, la edad de la pensión estatal (AOW) se ha ido desplazando al alza y, para 2026, se sitúa en 67 años (y también en 2027), según la información pública de mijnpensioenoverzicht (la referencia oficial de consulta de pensiones para residentes). En ese marco, que una compañía fije “su” umbral interno en 65 —por política o por cláusula laboral— puede chocar con la expectativa social de trabajar más tiempo para sostener ingresos y cotizaciones, explicó a al medio Holandés HLN.
Edad, ley y excepciones
¿Es legal echar a alguien solo por cumplir años? En la UE existe una norma marco contra la discriminación en el empleo que incluye la edad, pero también admite excepciones cuando hay objetivos legítimos de política laboral y medios proporcionados (por ejemplo, reglas de jubilación pactadas). Es decir: la edad está protegida, pero no es un “muro” absoluto si la terminación está anclada en un esquema de retiro reconocido y bien definido.
En la práctica neerlandesa, además, hay un punto técnico que suele pasar desapercibido: cuando el contrato o el convenio prevé el fin del vínculo al alcanzar la edad AOW, el empleador puede rescindir por “motivo AOW” con un procedimiento más simple que en un despido ordinario (y con menos blindajes), algo que explican guías laborales especializadas en el propio país. Esa arquitectura legal hace que el margen real para “seguir dos años más” dependa menos del deseo del trabajador que del diseño contractual y de la cultura corporativa.
El salto entre salario y pensión
El caso también ilumina un fenómeno estructural: el salto entre salario y pensión se vive como una pérdida de estatus y autonomía, incluso cuando el hogar “cuadra” números. Y es ahí donde la historia de Leo engancha con una discusión más grande que ya atraviesa Europa: cuánto se puede estirar la vida laboral, cómo se reparten los costes del envejecimiento y qué ocurre con quienes quieren seguir aportando —por vocación o por necesidad— en sectores que, como él decía, están reconfigurándose con automatización, IA y finanzas digitales.
Lo más incómodo es lo fácil que resulta que estas salidas queden normalizadas: una carta, un umbral, y el sistema empuja a la gente fuera aunque el mercado laboral necesite experiencia. Si algo deja claro este episodio es que “trabajar más años” no es solo una consigna demográfica: requiere contratos preparados para ello, incentivos creíbles y reglas que no conviertan la edad en un botón de expulsión. Y, cuando no ocurre, la conversación sobre pensiones deja de ser abstracta y se vuelve una cifra concreta: 1.850 euros, después de 45 años.















