A una hora escasa de Sevilla, entre encinas y dehesas de Sierra Morena, se alzan los restos de una ciudad romana construida literalmente en terrazas sobre la ladera. Es Munigua, el antiguo Municipium Flavium Muniguense, levantado a unos 300 metros de altura sobre el valle del Huéznar y casi invisible desde la carretera. Para llegar hay que dejar el coche y caminar unos cuatro kilómetros por pista de tierra, un filtro natural que explica por qué uno de los conjuntos romanos más espectaculares de Andalucía sigue siendo un secreto incluso para muchos sevillanos.
Lo primero que domina el paisaje es el inmenso santuario escalonado que corona el cerro: un edificio de varios niveles, con potentes muros y una sucesión de terrazas que recuerdan más a los grandes santuarios itálicos de Praeneste que al urbanismo en damero que asociamos a Roma. Estudios recientes de fotogrametría y teledetección han subrayado el carácter singular de este complejo religioso, pensado para verse desde kilómetros a la redonda y para exhibir el poder del pequeño municipio minero que lo sostenía.
El santuario colgado sobre el Huéznar
A sus pies se desplegaba el foro, una plaza porticada con basílica, tabernas y edificios administrativos donde se concentraba la vida pública de la ciudad. Allí apareció una inscripción que menciona al populus Muniguensis y confirma su rango municipal dentro de la provincia Bética.
La secuencia estratigráfica que han ido documentando los arqueólogos del Instituto Arqueológico Alemán y la Junta de Andalucía muestra una ciudad especialmente activa entre los siglos I y III d. C., cuando se levantan también unas termas monumentales cuyos pavimentos, muros y pinturas murales están siendo restaurados en la actualidad con financiación pública.
Las termas son, de hecho, uno de los espacios que mejor permiten reconstruir el día a día de sus habitantes. Un estudio geoarqueológico sobre la secuencia del edificio ha demostrado que, antes de convertirse en complejo de baños, el área se usó para actividades metalúrgicas vinculadas al hierro, la gran riqueza de la zona. Solo cuando la ciudad consolida su papel como centro administrativo y religioso se decide monumentalizar ese espacio con hipocausto, piscinas y salas decoradas, siguiendo el modelo de bienestar urbano que Roma exportó por todo el Imperio.
Hierro, termas y romanización interior
Porque Munigua no está donde está por casualidad. El enclave se asienta en una región minera explotada desde al menos el siglo IV a. C., con enormes escoriales de fundición romanos repartidos por el paisaje. Prospecciones geofísicas han permitido calcular el volumen de estos vertidos de escoria y confirmar que se trataba de uno de los principales centros productores de hierro de la Bética, lo que explica tanto la riqueza del santuario como la concesión del estatuto municipal en época de Vespasiano.
Hoy, entre muros derruidos, templos dedicados a divinidades como Mercurio o Ceres y calles empedradas que trepan por la colina, el visitante pasea casi en soledad por una ciudad que podría servir de escenario a cualquier peplum y, sin embargo, apenas aparece en las rutas turísticas masivas.















