Ante un mercado de alquiler cada vez más exigente, con precios disparados y condiciones que muchos jóvenes no pueden cumplir, algunos inquilinos han empezado a simular relaciones sentimentales para aumentar sus posibilidades de conseguir un piso. El truco es simple —pero revelador—: "Coges de la mano a tu amigo en la visita y funciona", como cuenta Agathe, una joven francesa de 28 años entrevistada por Le Figaro.
Ella y su mejor amiga, hartas de meses de negativas en Rennes, encontraron piso en solo dos semanas tras fingir ser pareja.
Los rentistas quieren más y más, sin límite
Lo que podría parecer una anécdota se está convirtiendo en táctica habitual en ciudades tensionadas como París, Niza o incluso Madrid y Barcelona. En un mercado donde los propietarios priorizan inquilinos que proyecten estabilidad, dos sueldos, aunque vengan de una relación ficticia, ofrecen más garantías que una única fuente de ingresos o un contrato precario. Fingir pareja se convierte así en una especie de disfraz burocrático: una forma de aparentar el perfil que los caseros buscan.
Entre la precariedad y la picaresca
Aunque la Ley por el Derecho a la Vivienda aprobada en 2023 introdujo límites al precio del alquiler, bonificaciones fiscales y más protección para los inquilinos, su implementación ha sido irregular, y no ha logrado eliminar los filtros previos que imponen los propietarios. La nueva normativa no impide que exijan avales bancarios, contratos indefinidos, nóminas recientes o un mínimo de ingresos superior al alquiler mensual, requisitos difíciles de cumplir para jóvenes, autónomos o familias monoparentales.
Ese marco ha convertido el acceso a la vivienda en una carrera de obstáculos. Según datos del Consejo de la Juventud de España, más del 65 % de los menores de 30 años vive todavía con sus padres, y la tasa de emancipación juvenil no alcanza el 17 %. Frente a esta realidad, "jugar a las apariencias" parece menos inmoral que rendirse.
Un síntoma de un sistema roto, sin meritocracia, ni ascensor social ni opciones
Esta tendencia no es nueva, pero sí cada vez más visible. Se han documentado prácticas similares en Alemania, Reino Unido o Estados Unidos, donde la presión inmobiliaria también empuja a los inquilinos a inventar estrategias: desde redactar cartas emocionales para los caseros hasta crear perfiles falsos con ingresos inflados.
En el caso español, expertos ya han advertido que el desequilibrio entre oferta y demanda es estructural. Medidas puntuales no bastan si no se amplía el parque público de alquiler, se combate la especulación y se limita la conversión masiva de viviendas en pisos turísticos. Mientras tanto, la ley protege más a quien ya tiene contrato que a quien intenta acceder por primera vez.
Una táctica eficaz, pero no sin riesgos
Fingir una relación puede abrir puertas, pero también plantea dilemas éticos y legales. En muchos casos, firmar un contrato conjunto implica responsabilidades compartidas, como el pago de impagos, los daños en la vivienda o una posible penalización por rescindir el contrato antes de tiempo. Si la relación ficticia se rompe o uno de los "miembros de la pareja" quiere abandonar el piso, pueden surgir conflictos legales difíciles de resolver.
Además, algunos juristas advierten que falsear documentos o declaraciones podría considerarse fraude si se acredita mala fe, aunque en la práctica es difícil de perseguir si no hay perjuicio económico para el arrendador.















