Hay un cambio de tendencia. Europa está talando árboles e inundando campos agrícolas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera, regresando a la orografía clásica de las zonas en las que, hasta hace poco, se cultivaban cereales y hortalizas. Otro países como Australia, intentando recuperar sus ríos más importantes arrojando grava y buscando un lecho correcto para recuperar especies casi extintas. Y ahora, Alemania, se apunta a esta corriente.
El país ha convertido el debate sobre la fragmentación de los ríos en políticas concretas. A lo largo de sus cursos fluviales, cientos de presas, azudes y obstáculos artificiales están siendo eliminados para restaurar la conectividad hidrológica, reducir el agua estancada y mejorar la calidad de los ecosistemas. El objetivo: permitir que especies migratorias, desaparecidas durante el siglo XX, puedan regresar a sus hábitats naturales. Pero existe un coste.
Este esfuerzo forma parte de una estrategia europea más amplia impulsada por la Directiva Marco del Agua (DMA), que exige a los Estados miembros alcanzar un buen estado ecológico en sus aguas continentales, costeras y subterráneas. Alemania, desde principios de los 2000, ha documentado sistemáticamente estas intervenciones, acelerando los trabajos en la última década y superando ya las 120 demoliciones de barreras menores.
Alemania derriba 120 presas y recupera ríos centenarios para salvar al salmón y la anguila tras un siglo de desaparición
No hablamos de gigantescos embalses o presas hidroeléctricas, sino de pequeñas construcciones históricas de menos de dos metros: diques, cascadas artificiales, vertederos de molino o compuertas de piedra, levantadas durante los últimos 200 años para navegación, riego o la industria. Cada una de estas barreras provoca un efecto cascada sobre la biodiversidad, pues se altera el flujo, aumenta la temperatura del agua, reduce el oxígeno y fragmenta los hábitats.
El resultado se ha empezado a notar: el salmón atlántico y anguila europea -ambas casi extintas en la región- reaparecen en tramos del Rin y sus afluentes. La restauración incluye no solo demoliciones, sino también ingeniería ecológica, con nuevos meandros recreados, madera introducida de forma natural en los lechos, rampas de grava y canales laterales. Sensores ambientales registran mejoras en oxigenación, turbidez y diversidad biológica.
Sin embargo, esta visión idílica tiene un coste que no se discute lo suficiente. La eliminación de presas y la reducción de infraestructuras hidroeléctricas implican un empobrecimiento energético a largo plazo en un país que aún depende en gran medida del gas ruso y de la electricidad de origen fósil. Restaurar ríos puede ser ecológicamente necesario, pero hacerlo sin una estrategia energética paralela expone a Alemania a tensiones futuras, especialmente en invierno, cuando la demanda supera la oferta y la geopolítica condiciona la seguridad energética.
El dilema es evidente: ¿ríos vivos o seguridad energética y riego para campos y cultivos? La apuesta por la biodiversidad es encomiable y genera resultados tangibles, pero plantea la pregunta de si la ecología y la dependencia energética pueden coexistir sin sacrificar la estabilidad del país. Alemania parece dispuesta a responder con acción, aunque el coste, al final, podría ser más elevado de lo que la naturaleza puede compensar.















