En Davos, Elon Musk dibujó un mapa energético tan simple como provocador: si Europa quiere electricidad abundante y barata, debería mirar a sus zonas con más sol y menos densidad de población. En una conversación con Larry Fink (BlackRock) en el Foro Económico Mundial, deslizó que regiones poco pobladas de España podrían producir “toda la electricidad que necesita Europa” con un despliegue masivo de fotovoltaica.
La intuición no sale de la nada: España concentra algunos de los mejores recursos solares del continente, algo que se puede comprobar en bases de datos y herramientas de modelización usadas en investigación y planificación energética. Además, la fotovoltaica es, hoy, una de las tecnologías que más ha comprimido costes en la última década, según los seguimientos internacionales de precios y proyectos. El “pero” es que el sol —por sí solo— no equivale a sistema eléctrico: para transformar irradiación en suministro fiable hacen falta redes, almacenamiento, gestión de la demanda y reglas de mercado que aguanten picos y valles diarios y estacionales. "Zonas relativamente poco pobladas de, por ejemplo, España y Sicilia, podrían generar toda la electricidad que necesita Europa", explicó.
Redes, interconexiones y el cuello de botella
Ahí es donde el eslogan de “central eléctrica” se vuelve ingeniería: generar en el sur y consumir en el centro y norte de Europa implica mover mucha potencia a través de interconexiones que hoy siguen siendo un cuello de botella, especialmente en el eje España-Francia. La UE lleva años empujando más capacidad transfronteriza (y España y Francia han anunciado proyectos para ampliarla), pero es un trabajo lento y caro: permisos, trazados, tecnología HVDC, aceptación social y tiempos de obra. Sin esa autopista eléctrica, puedes producir barato… y aun así quedarte “atrapado” en tu propio mercado por congestión de red.
Musk aprovechó el argumento para cargar contra la política arancelaria estadounidense que encarece, según él, el despliegue solar al gravar la importación de células procedentes de China. Su lectura es coherente con una realidad incómoda: la transición energética no es solo una decisión climática, también es una pelea industrial por cadenas de suministro, fábricas, materias primas y precios. Lo que un gobierno define como “seguridad económica” otro lo vive como freno a la electrificación.
Robots, IA y demanda eléctrica
En ese mismo escenario, Musk volvió a su otro gran caballo: los robots. Aseguró que los humanoides Tesla Optimus ya hacen tareas “simples” en fábricas, que en 2026 abordarían funciones más complejas y que en 2027 podrían venderse al público. El historial del empresario con calendarios ambiciosos invita a leerlo con cautela, pero la dirección es clara: si la automatización escala, la demanda eléctrica industrial y la presión por energía constante —no solo barata— van a crecer, y la seguridad (tanto física como operativa) se convierte en parte del coste real de “meter robots en todas partes”.
Elon Musk on solar power:
You can take largely unpopulated areas of, say, Spain and Sicily, and generate all of the electricity power Europe needs. pic.twitter.com/f2RKzGhSaZ
— Clash Report (@clashreport) January 22, 2026
Su predicción más llamativa fue la de la IA: “tan inteligente como un humano” hacia finales de 2026 o 2027, y una IA por encima del razonamiento “de toda la humanidad junta” en 2030 o 2031, con el aviso de ser precavidos para no terminar en un futuro de ciencia ficción tipo Terminator. Son fechas que dividen a investigadores y analistas (porque los métodos para pronosticar capacidades son frágiles), pero hay un punto que ya está en el presente: la IA y los centros de datos están empujando al alza el consumo eléctrico y obligan a planificar nueva generación y redes. Si la visión de Musk acelera, su propia “central eléctrica” europea tendría que alimentar también esa economía de chips, modelos y nubes.















