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Crítica (con spoilers): Star Wars: Los últimos Jedi

Analizamos las claves del recién estrenado episodio de Star Wars.

Uno de los momentos más divertidos y bonitos de un estreno de una película de la saga Star Wars, es el de mezclarse con la increíble masa heterogénea de personas que asisten a la proyección. Es casi como sentirte en la mitad de un atiborrado local de Mos Eisley; hay de todo y a veces puedes sentirte incómodo, pero al mismo tiempo es hasta reconfortante. Es casi como volver a casa. Observar cómo familias enteras disfrutan del momento o comparten afición o cómo niños llevan sus sables de luz y hablan con sus amigos de qué secuencia o nave les gusta más, resume a la perfección lo importante que es la saga para millones de personas en todo el mundo y te hace comprender la repercusión que tiene la llegada de un nuevo film a las salas de cine cada diciembre.

Star Wars: Los últimos Jedi versa sobre el legado y sus consecuencias; sobre las responsabilidades inherentes que existen dentro de esa acción en la que consiste pasar la antorcha a las nuevas generaciones. Un ejercicio de responsabilidad en el que Rian Johnson (Looper), director, ha sido capaz de mostrarnos algunos de los mejores y peores momentos de la serie de películas galácticas. Pese a los ímprobos esfuerzos por distanciarse de otras entregas, Los últimos Jedi acaba convirtiéndose en una representación casi metareferencial que sin caer en la recreación milimétrica y calculadamente nostálgica de J.J. Abrams, es capaz de inmiscuirte y ahogarte en un torrente emocional de contradicciones.

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Los últimos Jedi: el peso de legado

Pese a la enorme cantidad de tratados morales, cursos de universidades y libros de autoayuda, Star Wars es una saga pensada para ser puro y mero entretenimiento. Construida con mucho mimo y sentimiento por George Lucas a través de un cúmulo de ideas clásicas y religiosas, y cimentada sobre el libro de Joseph Campbell El héroe de las mil caras -el trabajo del mitólogo y escritor es uno de los puntales de este universo-, consiguió empaquetar en una misma película una serie de valores, leyendas y referencias que acabarían por transportar a toda una generación a una realidad distante y fantástica -que no de ciencia ficción, eso llegaría después-. La idea del bien y el mal, definida a la perfección por Lucas, ha ido mutando hacia algo más gris, oscuro y difícil de digerir, difuminando las líneas existentes entre lo correcto y lo reprochable. La actual trilogía de películas, como lo fue en su día la trilogía original, es hija de su tiempo.

Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi

Los últimos Jedi consigue por momentos tratar este tema como jamás esperábamos ver en una película de Star Wars. Dilapida con gran acierto muchos elementos de bondad atribuidos de forma irreprochable a los Jedi, un culto religioso que en su apogeo permitió que los Sith se hicieran con el control de la República y se formase el Imperio Galáctico delante sus narices. A veces, incluso con las mejores ideas, valores y decisiones como baluartes y escudos, puedes fracasar estrepitosamente. Y cuando eres un Jedi, y la Fuerza es intensa en tu interior, esto puede incluso llegar a condenar el destino de la galaxia. Luke Skywalker, verdadera figura protagonista de Los últimos Jedi, fue consciente de este problema cuando él mismo fracasó al intentar fundar La Academia Jedi.

Mark Hamill, como exiliada figura gris y crepuscular, está soberbio

Son estos momentos en el film de Johnson, con un Mark Hamill espléndido en su forzado exilio en el planeta de Ahch-To, los más lúcidos y trascendentales. Más allá de los fuegos de artificio -parte indispensable de la fórmula de Star Wars, cuidado-, Hamill se crece y gana en su figura como héroe crepuscular, retirado y cansado, avergonzado de su propia y vanidosa ambición por traer el deseado equilibrio a la Fuerza. Quizás, como el mismo personaje dice por su boca, no existe: esto no acabará como crees. En 2015, la introducción de Rey (Daisy Ridley) en la saga galáctica, sorprendió a propios y extraños y acabó por confirmarse como uno de los mayores aciertos a todos los niveles. Su personaje, una huérfana chatarrera del planeta Jakku, acabó cuajando dentro del organigrama galáctico, y por momentos, encontrábamos ecos del primer e inocente Luke Skywalker, aquel granjero de humedad de Tatooine, en su cándida piel.

La búsqueda del maestro a lo largo y ancho de la galaxia en El despertar de la Fuerza funcionó, y las expectativas de la reunión de Luke y Rey en esta segunda entrega de la trilogía, tras aquel broche de oro que supuso el final del séptimo episodio, se prometía bastante interesante. Trazando un paralelismo, casi podríamos encontrar reminiscencias del mismo viaje atávico de Skywalker a Dagobah en busca de respuestas. Y al igual que el joven piloto, Rey se encuentra con la dura realidad: a veces, no hay respuestas claras y los ídolos y figuras veneradas, no siempre son como creemos o hemos asimilado en nuestro interior.

Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi

El Imperio contraataca logró que viésemos la Fuerza como algo más telúrico y presente en aquello que nos rodea, de muy difícil manejo, pero que canalizada es una energía capaz de ofrecernos un poder inmenso. Luke fue al pantano de Dagobah a encontrar soluciones, respuestas y lecciones, y salió de allí de forma apresurada al darse cuenta de que la realidad es más compleja de lo que parece y que al igual que la Fuerza, un mal manejo de la misma puede acabar en desastre. Los últimos Jedi hace hincapié en este terreno gris, en el que el éxito y el fracaso danzan alrededor de los protagonistas, sin temor a que esto los acabe por dibujar como débiles y humanos en un mundo habituado a los héroes inequívocos. El estudio de Luke Skywalker de los orígenes y la fundación de la Orden Jedi lo lleva a desconfiar de la palabra y la escritura sagrada, haciéndole alcanzar un grado más de conocimiento, y añadiéndole una capa trascendental más al personaje que lo convierte en incluso un perfil más místico. Desgraciadamente, pese a un arranque prometedor, en el espectador se queda cierta sensación de que toda la etapa en la que Rey se encuentra en Ahch-To -entre ruinas, Porgs y casas de piedra-, está desaprovechada. No hay un vínculo real entre ambos personajes más allá de un lúcido momento de conexión terrenal y una explicación sobre el fluir de la Fuerza que hace que olvidemos de una vez por todas la forzosa contextualización biológica de George Lucas en las precuelas.

Los últimos Jedi sigue obviando de forma acertada la contextualización biológica de la Fuerza que George Lucas incluyó en sus precuelas

¿Por qué no se ha aprovechado de forma inteligente ese aire místico asiático que destilan esos planos llenos de grandes escaleras, templos hieráticos, verdes prados y sinuosas formas rocosas? No, no queremos un nuevo remake o reinterpretación de Sun Wu-Kong ni que se caiga en el cliché de las películas de artes marciales -Tres samuráis fuera de la ley es una de las más evidentes y reconocidas referencias de Johnson-, pero sí que cuando se tiene la posibilidad de explorar la figura de un Luke Skywalker que se ve forzado una vez más a aceptar su legado, se haga de la forma más inteligente posible. Para el recuerdo queda cómo este ermitaño maestro sobrevive en su día a día, contra viento y marea, recogiendo y recolectando de animales y el propio terreno aquello que necesita para vivir. No obstante, estos minutos -quizás los mejores de la película-, esconden una danza peligrosa en la que entran dos figuras imprescindibles en esta nueva trilogía: la citada Rey y Kylo Ren (Adam Driver).

Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi

Negro, blanco y gris: el equilibrio en la Fuerza

Adam Driver y Daisy Ridley son las verdaderas estrellas binarias de todo este colosal proyecto cinematográfico. El exquisitamente hilvanado baile al que estos dos personajes juegan a lo largo de Los últimos Jedi con sus conversaciones y diálogos a través del mismísimo tejido de la Fuerza, nos regala varias secuencias icónicas, fomentando que por momentos nos encontremos con los ecos de algunos de los relatos más interesantes y memorables del ya extinguido Universo Expandido, como la turbia, oscura y complicada relación entre los hijos de Han Solo y Leia. Estas fuerzas elementales opuestas, en constante lucha por atraer a su contrario, este yin y yang galáctico, atesora una serie de diálogos notables. ¿Cómo ejemplificar y visualizar una conversación tan importante en la que los personajes están a millones de años luz de distancia? ¿Cómo hacerla creíble y tangible? Es un ejercicio visual muy difícil del que Johnson sale airoso, con pequeños detalles que consiguen llevar la saga a un nuevo punto místico, muy interesante, y que a buen seguro acabará siendo la tónica para futuras entregas.

Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi

La relación entre ambos personajes sensibles a la Fuerza, tensa pero al mismo tiempo orgánica y dinámica, atrapa y la traslada al momento álgido: ¿qué fantasmas se ciernen sobre Luke Skywalker? ¿Qué tipo de duda e incertidumbre crece en el interior de Kylo Ren? ¿Qué preguntas aguardan en la psique de Rey? Estos temas capitales desde el comienzo del episodio VII, están abordados con cierto pragmatismo en el film, algo que agradecemos especialmente, sobre todo cuando hemos observado una pléyade absurdas teorías durante años al respecto. La cultura digital ha ido asimilando, desgranando y triturando casi cualquier faceta de estas películas, produciendo contenido teórico de calidad muy dispar, algo que Rian Johnson ha conseguido abordar con una loable precisión. El pasado de Rey, el origen de sus padres y la importancia de estos queda dilapidada de forma correcta y prosaica, y el oscuro episodio sobre la quema y destrucción de la Academia Jedi de Luke, como un mal sueño.

Daisy Ridley y Adam Driver son las verdaderas estrellas binarias de todo este colosal proyecto

La construcción de un villano -si es que lo podemos llamar así, de forma un tanto categórica- como Kylo Ren, no es una tarea sencilla. En El despertar de la Fuerza fuimos testigos de la duda, la incertidumbre y el miedo en un perfil que hasta la fecha, en la historia de la saga, había sido bastante claro -pese a lo oscuro de sus intenciones-. El desmoronamiento de Ben Solo llegó a la catarsis absoluta con el asesinato de su propio padre, y pese a que la figura ominosa del Líder Supremo Snoke (Andy Serkis) siempre estaba presente, Ren era el malo al que nos gustaba adorar. Los últimos Jedi aboga por esa línea, prosiguiendo por esa senda en la que llegas a comprender ciertos aspectos de la psique de Kylo Ren, y hacer incluso propios sus miedos y dudas.

Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi

Driver es un maestro de la contención y la actuación a través de gestos y miradas comedidas, pero al mismo tiempo, único a la hora de extrapolar sus emociones hasta casi el paroxismo -como vemos en el tramo final durante el asalto a Crait con las versiones renovadas de los AT-AT-. Su caída a la más pura destrucción y oscuridad en Los últimos Jedi se contrapone con los intentos constantes de Rey de encontrar y avivar el resquicio de bondad que todavía se encuentra latente en él. Éste tira afloja, en el que ambos personajes intentan involucrar en su causa al contrario, aviva la película e inmiscuye al espectador en una danza que desemboca en un poderoso clímax en la sala del trono del Líder Supremo Snoke.

Cuando la subversión de expectativas juega en tu contra

Los últimos Jedi, como os relatábamos al comienzo del texto, es un film que es capaz de lo mejor y lo peor en un lapsus de tiempo muy exiguo, algo que acaba por confundir al espectador, que se ve condenado y atrapado en un torrente de emociones que no es capaz de digerir porque no se le da ni un segundo de respiro. Es un esfuerzo loable, que demuestra que Rian Johnson es un gran director y un verdadero maestro en ese concepto de reciente acuño -a raíz de la serie Juego de tronos y las novelas de George R.R. Martin- que es la subversión de expectativas.

Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi

Cuando J.J. Abrams confeccionó esta nueva realidad galáctica, muchos críticos, espectadores y aficionados a Star Wars, pusieron el grito en el cielo: ¡es otra vez el mismo cuento de siempre! ¡Vuelve a los lugares comunes de la trilogía clásica! Pero es que, en el fondo, su intención era exactamente esa. Trasladar al espectador a un lugar cómodo, a un nuevo punto de partida en el que se encontraran de forma evidente todas y cada una de las piezas de este inmenso puzle galáctico, pero sin apostar por el agrio sabor que dejaron las precuelas. El despertar de la Fuerza era forzosamente nostálgica porque debía serlo. Y Los últimos Jedi es necesariamente disruptora porque necesita y debe alterar el equilibrio como parte central de un relato mayor. El problema es cuando esta fuerza no es controlada con atino por el pulso del director, y se crean una serie de sinergías y momentos un tanto delirantes.

Los últimos Jedi tiene en su haber algunos de los peores momentos de la toda la saga galáctica

Sí, la capacidad de Johnson para retorcer Star Wars hasta el límite de torsión para volver a llevarla a su posición original y devolverla de nuevo a una situación de estrés es fascinante, logrando que no haya ni un minuto de descanso. Sin embargo, el acto de atiborrar de emociones al público a veces es contraproducente, dando como resultado situaciones que no terminan de encajar y originando otras que, si bien parecen decididamente emocionantes y conmovedoras, se pierden y diluyen a lo largo del metraje por un tratamiento poco acertado. Podríamos hablar de cómo se ha tratado el Líder Supremo Snoke en el film, una figura totémica y amenazante dentro del esquema de la Primera Orden, que al final, ha terminado por tener un papel anecdótico, residual y un tanto desaprovechado. Su eliminación de la fórmula clásica de Star Wars es el resumen perfecto de cómo el presente capítulo de la trilogía quiere ser arriesgado y distinto, pero al mismo tiempo, consciente de que es parte de un total mucho mayor.

Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi

Las tramas referentes a Poe Dameron (Oscar Isaac) y Leia Organa (Carrie Fisher) en los cruceros de la Resistencia varados en el espacio ante la persecución y acoso de los destructores de la Primera Orden y esa suerte de subtrama de películas de espías en el Montecarlo galáctico -Canto Bight-, son bastante más deficientes. Los últimos Jedi intenta constantemente sacudir al espectador con giros de guión pocos comunes, que si bien parecen guardar una función inteligente en su fondo, en sus formas presentan y muestran demasiadas incoherencias, llevando al hastío al espectador. ¿Por qué tanto secretismo con ese absurdo plan de fuga de la Vice Almirante Amylin Holdo (Laura Dern) y esos dimes y diretes en las salas de mando? La situación llega a ser tan tediosa, que casi sirve de alivio y válvula de escape ante la sucesión de las aventuras disparatadas vividas por Finn (John Boyega) y Rose Tico (Kelly Marie Tran), que nos deja alguna de las situaciones más incómodas, estomagantes y maniqueístas de toda la franquicia -que ya es decir-.

Cuando creíamos superados ciertos errores y tics de la trilogía de precuelas, vuelven a aparecer con inusitada fuerza

Su misión, en la búsqueda de un experto en códigos y cifrados que los ayude a infiltrarse en las naves enemigas de la Primera Orden para garantizarles una oportunidad de escape las tropas de la Resistencia, es poco menos que una especie de remake encubierto y mal entendido de la obra maestra de Luc Besson, El quinto elemento. Todo da la impresión de ser una mera sucesión de grandes ideas ilustrativas inconexas, con poca o ninguna gracia, ideadas para dar una falsa sensación de profundidad al conflicto entre dos bandos que está destrozando la galaxia. Si bien el contexto de lujo y juego podría haber servido para el trasfondo moral -cosa que sí hizo muy bien Rogue One al contar los claroscuros de cualquier causa justa- e incluso servir para el propio pilar fundacional de Tico como personaje y heroína de origen humilde, se acaba convirtiendo en una mera excusa para que los protagonistas coincidan de golpe y porrazo con el taimado timador DJ (Benicio Del Toro) y acaben huyendo a lomos de esas criaturas poco agraciadas llamadas faithiers. No hay ningún momento de catarsis, de verdadera comunión y confidencia con la pareja de protagonistas y sus motivaciones, y tristemente, todo parece puesto ahí por el mero hecho de alargar el metraje -que es extenso y llega a arrastrarse en muchos tramos, como le pasaba a la propia Looper-.

Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi

En estas lindes, cuando ya teníamos superados algunos de los errores más habituales y reiterativos de las precuelas, Johnson vuelve a caer en el fallo que esquivó con inteligencia -y algo de presión de estudio- Abrams. Volvemos a la sucesión de gags poco cuidados, de una presencia un tanto embarazosa de BB-8, que protagoniza algunas secuencias un tanto discutibles, al mismo estilo de R2-D2 en películas como La venganza de los Sith. Cuando repites el mismo esquema, que ya chirriaba en su día, en una película que intenta desligarse del antiguo corsé de George Lucas y sus tardíos desvaríos cinematográficos, todo se hace demasiado evidente y un tanto anacrónico con respecto al tono que se había logrado con este nuevo y pantagruélico proyecto cinematográfico. La receta había alcanzado un punto de cocción perfecto y se le ha añadido un exceso de azúcar que ha vuelto a descuadrar las medidas proporciones que la propia Lucasfilm se encargó de transcribir con el cambio de gerencia.

Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi

Pero son sacrificios lógicos, sobre todo teniendo en cuenta que hablamos de un producto empaquetado para gustar y hacerse gustar a aficionados y espectadores de todas las edades. No olvidemos que Star Wars es eso: puro entretenimiento. Por eso, cuando encontramos secuencias que deberían ser decididamente emotivas, poderosas en los visual e incluso lacrimógenas y nos topamos con ejecuciones discutibles y un tanto soeces en su representación, molestan el doble. Y sí, nos referimos a esos momentos relacionados con Leia, que lejos de servir de homenaje, parecen más una sucesión de historias de fanservice esparcidas a lo largo del metraje con poco o ningún gusto. Este dramatismo vacuo y vacío relacionado con el papel que desempeña la figura de la General Leia Organa en Los últimos Jedi, es más propio de un cuento enajenado de tumblr que de un film pensado y estructurado, y puede sacarte de la película en el peor momento posible, justo cuando debería sumergirte en el más profundo de los encantamientos en su relato. Es la muestra de cómo no se debe jugar constantemente con la yuxtaposición de lo esperado y lo inesperado, pues a veces, se puede caer en el peligroso terreno de la indiferencia.

Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi

Pasando la antorcha: un cuento de esperanza

Los puntos negros en Los últimos Jedi son eso: pequeños pero muy evidentes puntos negros. Elementos minúsculos que deslucen un rostros perfecto que sí tiene muchos aciertos, algunos de los cuales, marcan verdaderos hitos dentro de la saga galáctica. A nivel audiovisual es una de las cintas más bellas, embaucadoras y bonitas, con planos verdaderamente brillantes. La recreación de Ahch-To, la recreación del planeta salado de Crait -esa suerte de Hoth con cristales y sales rojas que guarda estampas muy preciosistas- o incluso el interior de la amenazadora y carmesí sala del trono de Snoke y su vibrante combate con sables de luz. Si bien Johnson sabe cómo mantener a veces la tensión del relato, también conoce la manera de cómo llegar a ser original y pasar por los a veces obligados peajes con el universo galáctico. No, no es una recreación de El Imperio contraataca, pero sí sabe usar algunas conexiones temáticas con las películas de la trilogía clásica, dando a entender que todo ciclo de bien y mal se repite, y que los errores de las generaciones pasadas tienen ecos en las presentes y futuras. Pero, ¿son acaso los hijos culpables de los pecados de sus padres?

Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi

Ésta temática, que repetimos, está exquisitamente tratada en el personaje de Luke Skywalker, aparece en el film de forma constante. ¿Qué legado estamos dispuestos a pasar a las generaciones futuras? ¿Proyectamos en ellas nuestros errores, miedos e inseguridades? ¿Debemos dejarlos cometer sus propios fallos para que encuentren sus propias soluciones? Es curioso, y hasta doloroso, ver cómo el propio Luke Skywalker acaba reflejado como maestro en la figura de Yoda, y cómo el otrora granjero de humedad encuentra la mismas trazas de inseguridad, curiosidad e impaciencia en su discípula Rey, que parece repetir los mismos errores que él cometió en los pantanos y manglares de Dagobah corriendo a encontrarse con su destino antes de estar preparado.

Los últimos Jedi es un renacimiento de toda la saga en múltiples frentes, y a veces, los renacimientos son traumáticos

Star Wars Episodio VIII: Los Últimos Jedi

Toda la citada premisa y tema sustentan gran parte de la película, siendo de lo más inspirado del conjunto, algo que se materializa con especial lucidez en la aparición del maestro Yoda, que acude a dar consejo a un perdido, exiliado y enajenado Luke Skywalker. Ambos, rodeados por las llamas y sentados ante la quema premeditada de los libros y los últimos textos sagrados de la primigenia cultura Jedi, hablan de dejar lo antiguo y olvidar lo asentado y conocido, para dar paso a una nueva generación y un renovado orden natural de las cosas. La secuencia destila misticismo y es el epítome visual de lo que Los últimos Jedi significa: renacimiento. Y a veces, los renacimientos, pueden ser un tanto traumáticos. Como si de una puesta de soles binarios en el horizonte se tratase, Los últimos Jedi cierra un ciclo e inicia uno nuevo, que tiene previsto seguir expandiéndose y alargándose hasta casi el infinito, como las verdaderas leyendas y los auténticos cuentos que verdaderamente importan generación tras generación. Aquellos que nunca mueren.

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