Durante más de 50 años, los geofísicos se enfrentaron a un misterio fascinante: cada vez que un gran terremoto sacudía la Tierra, las ondas sísmicas parecían acelerarse al atravesar una capa situada a unos 2700 kilómetros bajo la superficie. Este fenómeno, observado desde los años 60, permaneció inexplicado.
La región responsable, conocida como capa D, marca la frontera entre el manto profundo y el núcleo externo líquido, y siempre ha sido una de las zonas más enigmáticas del planeta.
La ciencia lo hace oficial: geofísicos explican por qué las ondas sísmicas aceleran a 2700 km bajo la Tierra
Todo cambió en mayo de 2025, cuando un equipo del ETH Zúrich, liderado por Motohiko Murakami, publicó un estudio que resolvía el misterio. Los investigadores descubrieron que las rocas sólidas a esa profundidad no son completamente rígidas. Bajo presiones y temperaturas extremas, pueden fluir lentamente, casi como un líquido muy denso. Este movimiento interno crea caminos que permiten que las ondas sísmicas viajen más rápido, explicando la aceleración observada durante los terremotos.
La capa D, situada entre 2.700 y 2.900 kilómetros de profundidad, se encuentra en condiciones extremas: presiones de más de un millón de veces la atmosférica y temperaturas superiores a 2.500 °C. La base del manto está dominada por un mineral llamado post-perovskita, que se forma cuando el silicato de magnesio cambia su estructura bajo presiones extremas. Sus cristales en capas pueden deformarse, tienen gran capacidad de adaptación a tensiones y presentan anisotropía sísmica, lo que significa que las ondas se propagan de manera diferente según la dirección.
Para entender cómo influía este mineral en las ondas sísmicas, los científicos recrearon en laboratorio las condiciones extremas del manto usando celdas de yunque de diamante, capaces de generar presiones colosales.
Allí observaron que, aunque la roca permanece sólida, los cristales de post-perovskita se deforman y reorganizan lentamente, permitiendo que la roca fluya horizontalmente a lo largo del manto profundo. Este flujo es extremadamente lento, apenas unos centímetros por año, pero a escala geológica es gigantesco.
El movimiento gradual de estas rocas transporta calor desde el núcleo hacia las capas superiores y alinea los cristales, creando vías preferenciales para las ondas sísmicas, como auténticas “autopistas” en el interior del planeta. Este descubrimiento no solo explica un enigma de décadas, sino que también arroja luz sobre procesos fundamentales: la formación de volcanes, el movimiento de las placas tectónicas, la circulación del calor interno y la regulación del campo magnético terrestre.















