No era una planta letal tomada a ciegas ni una rareza de subsistencia desesperada. Lo que han identificado arqueobotánicos de Oxford y Edimburgo en el yacimiento neolítico de Ploča Mičov Grad, en el lago Ohrid, es algo bastante más interesante: evidencias de que una comunidad de hace unos 6.500 años procesaba de forma deliberada veza amarga (Vicia ervilia), una legumbre resistente pero ligeramente tóxica si se consume sin tratar.
El hallazgo importa porque cambia la imagen simplista que a menudo se tiene de la alimentación prehistórica. Los investigadores sostienen que las abundantes cubiertas carbonizadas de semillas encontradas en el asentamiento no encajan tan bien con una plaga o un accidente como con una actividad humana sistemática de descascarillado, una fase clave para volver esa planta más apta para el consumo. En otras palabras, no solo la cultivaban: también sabían cómo transformarla.
Una legumbre difícil, pero útil
La especie en cuestión no es un detalle menor. La veza amarga ha sido históricamente valorada por su resistencia a la sequía y a suelos pobres, pero también ha quedado relegada muchas veces a forraje animal o a alimento de emergencia precisamente por su toxicidad parcial. El estudio recuerda que procesos como el descascarillado, la lixiviación, la ebullición o el tostado pueden reducir los compuestos problemáticos y mejorar su comestibilidad, algo que encaja con el patrón observado en Macedonia del Norte.
Eso convierte el trabajo en algo más que una curiosidad sobre el Neolítico. Para los autores, estas poblaciones del V milenio a. C. muestran un conocimiento práctico de los alimentos mucho más fino de lo que se suele asumir, capaz de combinar cultivo, selección y procesamiento para aprovechar recursos que hoy quedarían fuera de los menús habituales. La lectura de fondo es potente: nuestros antepasados no solo recolectaban y sembraban, también manejaban auténticas técnicas de desintoxicación alimentaria.
Una lección que también mira al presente
El contexto actual ayuda a entender por qué el trabajo ha despertado interés. El artículo vincula este caso antiguo con la necesidad contemporánea de diversificar los sistemas alimentarios, hoy muy concentrados en unos pocos cultivos globales. Recuperar especies duras, adaptables y olvidadas como la veza amarga podría tener valor en un escenario de estrés climático, siempre que se conozcan bien sus límites y su procesamiento adecuado.















