A más de 700 metros bajo la superficie del océano Atlántico existe un paisaje que parece sacado de una película de ciencia ficción. Es la llamada Ciudad Perdida, un gigantesco conjunto de formaciones blancas de carbonato que se elevan desde el fondo marino. Algunas superan los 60 metros de altura y, cuando los focos de los vehículos submarinos las iluminan en plena oscuridad, adquieren el aspecto de una ciudad fantasma sumergida.
Un descubrimiento inesperado bajo el Atlántico ha reavivado el mito de la ‘Ciudad Perdida’, dejando a los científicos asombrados
Pero su importancia va mucho más allá de su apariencia. La Ciudad Perdida funciona gracias a un proceso geológico completamente distinto al de las fuentes hidrotermales volcánicas. Aquí no es necesario que exista magma para generar las condiciones que permiten mantener este ecosistema. El agua marina se filtra a través de las fracturas de las rocas y entra en contacto con materiales procedentes del manto terrestre. Las reacciones químicas resultantes producen hidrógeno, metano y otros compuestos que sirven como fuente de energía.
Sobre ellos se sostiene una comunidad de microorganismos capaz de sobrevivir sin luz solar y con cantidades mínimas de oxígeno. Estos organismos constituyen la base de una cadena alimentaria en la que también participan crustáceos, caracoles y otras especies adaptadas a las condiciones extremas del fondo oceánico.
La Ciudad Perdida se ha convertido en un auténtico laboratorio natural para los científicos. Comprender cómo funciona este sistema puede ayudar a reconstruir algunos de los procesos químicos que tuvieron lugar en la Tierra primitiva y que quizá contribuyeron al nacimiento de las primeras formas de vida. Su existencia también plantea una posibilidad fascinante para la exploración espacial. Si la vida puede desarrollarse en la Tierra sin depender de la luz solar, entornos similares podrían ser relevantes para estudiar los océanos que se esconden bajo el hielo de lunas como Europa o Encélado.
Sin embargo, este extraordinario ecosistema se encuentra amenazado. Desde 2018 existen permisos de exploración minera en zonas próximas a la Ciudad Perdida. Aunque el objetivo de estas operaciones sean determinados recursos minerales y no las propias chimeneas, los trabajos podrían remover enormes cantidades de sedimento. Las corrientes podrían transportar esas partículas hasta el complejo y alterar un ecosistema extremadamente delicado, cuya evolución se ha prolongado durante miles de años.
Por este motivo, investigadores y organizaciones reclaman una mayor protección internacional para la zona. La intención es evitar que la actividad minera termine dañando uno de los lugares más singulares del planeta y, al mismo tiempo, uno de los mejores laboratorios naturales para comprender cómo pudo surgir la vida en la Tierra.















