La guerra ha cambiado. A mediados del siglo XX, Japón planificó la batalla de Midway confiando en que la distancia y la dispersión de su flota jugarían a su favor. Esta estrategia se basaba en la idea de que cuanto más separados estuvieran sus portaaviones, más difícil sería localizarlos y concentrar el ataque enemigo. Lo que no sabían es que Estados Unidos ya había descifrado sus comunicaciones y transformó esa distancia, que debía ser un escudo, en una trampa cuidadosamente preparada. En cuestión de horas, cuatro portaaviones japoneses fueron hundidos en el Pacífico en 1942. Esta lección quedó grabada en la historia naval: en el mar, la distancia rara vez equivale a seguridad.
Décadas después, esta lógica resuena con nuevos actores y tecnologías mucho más avanzadas. Durante años, la estrategia estadounidense frente al creciente poder militar de China en el Pacífico se ha centrado en alejar sus activos más valiosos de la primera línea de contacto. Portaaviones, buques de escolta y bases avanzadas se replegaron hacia ubicaciones más lejanas como Guam, concebidas como una segunda línea de defensa frente al avance de misiles balísticos, sistemas hipersónicos y capacidades de ataque de largo alcance chinas.
Un grupo de investigadores militares chinos, encabezado por Gao Tianyun desde la Universidad Nacional de Tecnología de Defensa en Nankín, ha publicado un estudio que detalla un modelo teórico para localizar y atacar un grupo de combate de portaaviones a distancias de hasta 3000 kilómetros. No es un arma concreta, sino algo más inquietante: una arquitectura completa de búsqueda, seguimiento y ataque.
El sistema propuesto combina satélites, drones, aeronaves de vigilancia, submarinos, buques de superficie e inteligencia electrónica para mantener un rastreo constante del objetivo. Una vez identificado y fijado, entraría en juego una segunda fase: ataques coordinados de misiles en enjambre, capaces de compartir información en vuelo, distinguir señuelos y saturar las defensas desde múltiples vectores.
La clave no es atravesar un escudo concreto, sino desgastarlo. Un grupo de portaaviones depende de una compleja red defensiva compuesta por misiles interceptores, la cada vez más habitual guerra electrónica, sistemas Aegis y armas de última defensa, que funciona bien contra amenazas aisladas, pero se tensiona cuando todo llega a la vez. Y ahí aparece la idea incómoda que, e alguna manera, Estados Unidos ya está asimilando: esconderse más lejos ya no garantiza estar fuera de alcance. Solo cambia el tipo de problema.
