El picudo rojo puede pasar meses oculto en el interior de una palmera antes de que sus efectos sean evidentes. Por eso, detectar hojas deterioradas, agujeros en el tronco o ramas que se desprenden con facilidad resulta clave para frenar una plaga que continúa extendiéndose.
El auge inmobiliario que experimentó España durante los primeros años noventa dejó una huella inesperada en sus zonas verdes. La construcción de nuevas urbanizaciones y complejos turísticos disparó la importación de palmeras desde otros países para decorar calles, jardines y avenidas, especialmente en las zonas costeras de Andalucía.
Entre aquellas plantas llegó también un pequeño invasor que acabaría convirtiéndose en una amenaza de primer orden: el picudo rojo, Rhynchophorus ferrugineus. Originario del sudeste asiático, este escarabajo encontró en España unas condiciones favorables para reproducirse y colonizar nuevos territorios. Más de tres décadas después de sus primeros focos detectados en Andalucía, sigue siendo un problema habitual para ayuntamientos y propietarios de jardines.
Su estrategia es especialmente eficaz. Las hembras aprovechan heridas de poda o palmeras recién trasplantadas para introducirse y poner sus huevos. Pueden llegar a depositar cientos de ellos. Después nacen las larvas, que comienzan a alimentarse en el interior del ejemplar y excavan galerías mientras destruyen progresivamente sus tejidos.
La gran dificultad está en que buena parte de este proceso ocurre sin que pueda verse desde fuera. Cuando aparecen los primeros síntomas, la infestación puede encontrarse ya bastante avanzada. Las hojas centrales de la copa suelen ser una de las primeras señales: dejan de crecer con normalidad, pierden su color verde y adquieren tonos amarillentos, pardos o rojizos.
También hay que revisar el tronco. Los pequeños orificios, la aparición de un líquido rojizo y pegajoso, los restos de fibras masticadas o los capullos de las larvas pueden revelar la presencia del insecto. En los casos más graves, la estructura queda tan debilitada que la copa puede terminar desplomándose.
Ante cualquier sospecha, conviene comunicarlo cuanto antes a los servicios municipales correspondientes. Los ejemplares afectados deben retirarse y destruirse siguiendo procedimientos que impidan que el insecto continúe propagándose. La prevención resulta fundamental para proteger las palmeras sanas. Entre las técnicas utilizadas está la endoterapia, que permite introducir productos fitosanitarios directamente en el tronco.
También es recomendable concentrar las podas en los meses más fríos y proteger adecuadamente las heridas provocadas por los cortes. Tres décadas después de su llegada, el picudo rojo demuestra que algunas consecuencias inesperadas del boom inmobiliario de los noventa todavía siguen muy presentes.
