Durante décadas, la seguridad de los puentes en zonas sísmicas se basó en un principio relativamente simple: resistir el terremoto sin derrumbarse. Los ingenieros civiles diseñaban columnas y vigas capaces de absorber suficiente energía sísmica para mantener la estructura en pie, aceptando, sin embargo, que después de un temblor intenso habría deformaciones permanentes.
Esto implicaba que, aunque un puente sobreviviera al sismo, podía quedar inutilizable durante meses. Columnas torcidas, juntas desplazadas y pavimento desalineado obligaban a cierres prolongados, justo cuando las rutas eran críticas para ambulancias, equipos de rescate y transporte de suministros.
Este escenario cambió en Seattle con un puente del corredor SR-99, donde las tradicionales barras de acero se sustituyeron por una aleación metálica poco común en ingeniería civil: el Nitinol, un metal con memoria de forma. Capaz de doblarse durante un terremoto y volver automáticamente a su posición original, el material abrió la puerta a un enfoque completamente nuevo en infraestructura sísmica.
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El Nitinol fue descubierto en 1962 en el Laboratorio de Artillería Naval de Maryland, durante experimentos con aleaciones de níquel y titanio. Un incidente fortuito demostró su propiedad más extraordinaria: al calentar una muestra deformada, recuperaba instantáneamente su forma original. Esta “superelasticidad” permite soportar deformaciones hasta 30 veces mayores que el acero sin daños permanentes, ideal para columnas sometidas a movimientos sísmicos intensos.
Antes de implementarlo en un puente real, se realizaron más de quince años de pruebas en la Universidad de Nevada en Reno, simulando terremotos de magnitudes 7,5 a 8,0 con columnas de Nitinol combinadas con hormigón ECC, un material altamente flexible. Los resultados fueron contundentes: mientras las columnas convencionales quedaban permanentemente desplazadas, las reforzadas con Nitinol recuperaban casi por completo su posición, reduciendo el desplazamiento residual un 86%.
El puente experimental SR-99, completado en 2017, aplicó el material solo en las zonas críticas de las columnas, combinando Nitinol con hormigón ECC y manteniendo el resto en hormigón armado tradicional. Durante un terremoto, el metal se deforma en fase martensítica y vuelve a su fase austenítica al cesar la fuerza, recuperando su forma original en milisegundos y pudiendo repetirse miles de veces sin perder eficiencia.
Aunque su coste inicial es elevado, la inversión se compensa al reducir el cierre de infraestructuras tras sismos, minimizando pérdidas económicas y sociales. Investigaciones en nuevas aleaciones más económicas, como CuAlMn y Fe-SMA, prometen ampliar la adopción de puentes resistentes a terremotos, mientras que la monitorización continua en Seattle sigue aportando datos clave para diseñar la próxima generación de infraestructuras sísmicas.















