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Arqueólogos hallan bajo el mar en Mallorca un extraño puente prehistórico de hace 6.000 años y no saben quiénes lo construyeron

La ciencia no “solo” encontró un puente: encontró un punto de unión entre migraciones antiguas, cambios del nivel del mar y cómo el paisaje decide qué recuerdos deja a la vista.
Arqueólogos hallan bajo el mar en Mallorca un extraño puente prehistórico de hace 6.000 años y no saben quiénes lo construyeron
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Actualizado: 8:00 25/1/2026
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En una cueva costera de Mallorca, la Genovesa, un “puente” de piedra hoy sumergido ha empezado a contar una historia incómoda para las cronologías: no es una formación caprichosa del karst, sino una estructura construida por humanos cuando la sala estaba seca y el mar quedaba más abajo. El trabajo, publicado en Communications Earth & Environment, sitúa su construcción hace entre 6.000 y 5.600 años, en pleno Holoceno medio, y lo convierte en una cápsula de tiempo preservada por la subida del nivel del mar.

La “firma” de esa antigüedad no sale de una intuición, sino de química y geología forense: los investigadores midieron una franja de carbonato en las paredes —un “anillo” que marca antiguos niveles del agua— y dataron depósitos minerales asociados mediante series de uranio-torio, un método habitual para poner fecha a precipitados de calcita en cuevas. El puente, de unos 7,6–7,7 metros, habría funcionado como paso interno durante siglos (aprox. 500 años) antes de quedar inutilizado por la inundación progresiva del sistema.

Una cronología que se adelanta

La consecuencia es potente aunque los autores la manejan con prudencia: si esa obra es humana, implica presencia —al menos visitas organizadas— en Mallorca bastante antes de lo que sugerían los restos arqueológicos más aceptados para la isla. Algunas lecturas hablan de un adelanto de más de un milenio en el reloj de la ocupación, lo que encaja con la idea de que la arqueología “visible” en superficie puede estar sesgada por pérdidas costeras y por yacimientos aún no localizados.

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También es un recordatorio de que las cuevas no solo guardan herramientas o huesos: guardan niveles del mar. Los llamados “phreatic overgrowths on speleothems” (POS) —costras que crecen justo en la interfaz agua-aire— se usan como marcadores muy finos de estabilidad marina (los “parones” del nivel del mar) y, por tanto, para reconstruir cuándo y cómo un litoral cambió de posición. En este caso, el puente queda atrapado entre dos mundos: el de una cueva transitable y el de un paisaje ya invadido por el agua.

Del pasado sumergido al presente que sube

Mirar ese pasado con lupa tiene un eco muy actual: el nivel medio del mar está subiendo hoy por el calentamiento global, y los informes del IPCC describen una aceleración clara en las últimas décadas; NASA, por su parte, ha señalado que 2024 registró un aumento más rápido de lo esperado, con un papel destacado de la expansión térmica del océano. El puente de la Genovesa no “predice” el futuro, pero sí ilustra algo fácil de olvidar en tierra firme: cuando el mar se mueve, cambia el mapa cultural, borra huellas y convierte infraestructuras humanas en arqueología submarina.

A partir de aquí, la historia se vuelve casi metodológica: si una obra así ha sobrevivido donde nadie miraba —bajo agua, en una cueva—, es razonable pensar que hay más señales enterradas en costas hoy inundadas del Mediterráneo. La vía pasa por combinar espeleología, dataciones isotópicas, cartografía 3D y arqueología subacuática con protocolos finos (porque un hallazgo espectacular no sustituye a un contexto estratigráfico).

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