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Confirmado por científicos británicos: el ser humano tiene un sexto sentido para detectar objetos que no pueden explicar

Si sabemos qué señales usa la mano para “anticipar” objetos bajo arena, barro o escombros, podemos diseñar mejores herramientas para búsqueda, rescate, arqueología o robótica.
Confirmado por científicos británicos: el ser humano tiene un sexto sentido para detectar objetos que no pueden explicar
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Actualizado: 16:01 15/2/2026
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En un experimento presentado en el IEEE International Conference on Development and Learning, un equipo de la Queen Mary University of London y la University College London ha medido algo que suena a ciencia ficción, pero es pura mecánica: el dedo puede “notar” que hay un objeto enterrado antes de tocarlo, cuando se desplaza por arena seca en condiciones controladas. La clave no es un sentido nuevo, sino señales físicas minúsculas que viajan por el material granular y acaban en la piel como cambios de resistencia y presión.

La prueba se diseñó para eliminar pistas visuales y obligar a la percepción táctil a trabajar “a ciegas”. Doce participantes movían el índice dentro de una caja con arena siguiendo una trayectoria guiada; a veces había un cubo enterrado y otras no. Se les pidió detenerse en el instante en que percibieran el obstáculo sin llegar a tocarlo, y el grupo logró acertar por encima del azar: el estudio divulgó una precisión del 70,7% a una distancia media cercana a los 6,9 cm en ese entorno.

La física del “antes” del contacto

El mecanismo propuesto es muy terrenal: al empujar la arena, el dedo genera una “zona de deformación” delante de la yema; si dentro de esa zona hay un sólido enterrado, el flujo de granos cambia y devuelve al dedo una firma mecánica distinta, como un eco de fuerzas. En vez de “tocar sin tocar”, lo que ocurre es que el sistema nervioso está leyendo un patrón de micro-presiones que el propio movimiento fabrica.

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Para ponerlo a prueba con tecnología, el equipo también replicó el gesto con un brazo robótico y un sensor táctil, entrenando un modelo de aprendizaje automático para clasificar señales. El robot llegó a detectar a distancias comparables, pero con muchos más falsos positivos, lo que sugiere que el cerebro humano no solo capta señales débiles: también filtra mejor el “ruido” caótico de la arena, donde cualquier grano puede engañar a un algoritmo.

Biología, robótica y una prudencia necesaria

La idea tiene precedentes en biología, porque algunas aves limícolas localizan presas bajo la arena sin verlas, aprovechando cómo se transmiten fuerzas en medios granulares. La novedad aquí es que el fenómeno se ha cuantificado en humanos con un protocolo pensado para medir distancias y tasa de acierto, y además se ha comparado con una aproximación robótica. El trabajo aparece listado por el investigador Lorenzo Jamone como parte de las actas del congreso, lo que encaja con el enfoque “humano + máquina” del estudio.

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