En Şanlıurfa, en el sureste de Turquía, una reforma doméstica terminó abriendo una puerta literal al pasado: bajo el patio de una vivienda apareció una tumba excavada en la roca, registrada dentro del proyecto local de inventario patrimonial y difundida por las autoridades provinciales como uno de esos hallazgos que recuerdan que, en ciudades con milenios a cuestas, el subsuelo todavía guarda sorpresas.
La cámara es de una sola estancia y, pese al desgaste, conserva un programa visual llamativo: en el muro principal se distingue a un hombre reclinado (la postura típica de banquete) y, en las esquinas, dos figuras femeninas aladas talladas como si custodiaran la escena. En la cara interior de la entrada, además, se localizó una inscripción aplicada con pigmento tipo ocre, hoy muy dañada y, por ahora, ilegible: el detalle que está convirtiendo la excavación en un rompecabezas interpretativo.
El banquete como “tarjeta de identidad” funeraria
El “banquete” no es un capricho estético: en el Mediterráneo antiguo, representar al difunto sobre una kline (lecho de comedor) funcionaba como una declaración pública de rango, identidad y memoria, una manera de proyectar continuidad social más allá de la muerte. Es un motivo bien documentado en estelas y monumentos funerarios grecorromanos, donde el recostado aparece como anfitrión de una eternidad domesticada, casi familiar.
Las figuras aladas, en cambio, son el elemento que lo vuelve más singular: su iconografía puede apuntar a protectoras, intermediarias o símbolos de tránsito, pero sin texto legible la cautela manda. Y aquí el contexto pesa: Şanlıurfa —la antigua Edesa/Urfa— fue durante siglos un cruce de influencias entre mundos culturales, con capas helenísticas y orientales que a veces se mezclan en lo funerario sin pedir permiso a nuestras etiquetas modernas.
La inscripción roja y la carrera por leerla
Por eso la inscripción en rojo es, probablemente, la pieza más valiosa: una sola línea con nombre, linaje o fórmula ritual podría inclinar la lectura hacia una comunidad concreta, una lengua o una tradición religiosa. Para intentar recuperarla sin tocarla, lo habitual hoy es tirar de técnicas de documentación no invasiva —fotografía multiespectral y métodos de realce digital que han demostrado mejorar la legibilidad de textos degradados— antes de concluir que el mensaje se ha perdido para siempre.















