En varios laboratorios y acuarios de la costa oeste de EE.UU. se está criando a contrarreloj un depredador que parecía condenado a desaparecer: la estrella de mar girasol (Pycnopodia helianthoides). La idea es sencilla (y ambiciosa): devolver al mar a un “controlador de plagas” natural que puede devorar erizos de mar morados a una velocidad difícil de imaginar. En una prueba citada por NOAA, un juvenil se zampó 44 erizos en un solo día.
La urgencia no nace del capricho, sino de un efecto dominó que se lleva repitiendo más de una década. En 2013, una mortandad masiva asociada al síndrome de desgaste de estrellas de mar arrasó poblaciones a lo largo del Pacífico norteamericano; algunas estimaciones hablan de miles de millones de individuos afectados y de un golpe particularmente duro para Pycnopodia, un depredador clave en bosques de algas.
El hueco que dejan las estrellas
Sin esa estrella en el tablero, los erizos han tenido vía libre en muchos tramos: se multiplican, barren el fondo y convierten zonas enteras en “urchin barrens”, paisajes submarinos casi vacíos donde las algas no logran levantar cabeza. El resultado no es solo estético: los bosques de kelp sostienen hábitats, amortiguan oleaje y sirven de base para economías costeras; por eso, cuando colapsan, el problema salta del mar al bolsillo.
La novedad es que, además de criar ejemplares, la ciencia empieza a despejar una de las incógnitas más frustrantes: qué estaba matando a las estrellas. Un trabajo reciente atribuye el brote a la bacteria Vibrio pectenicida, tras años en los que se barajaron otras hipótesis (incluida una causa vírica). Identificar al agente abre la puerta a cribados sanitarios, vigilancia ambiental y estrategias de reintroducción con menos ruleta rusa.
Criar, vigilar y volver al océano
Criarlas, aun así, es un deporte de precisión. El esfuerzo que describen instituciones como la Academia de Ciencias de California y proyectos asociados combina reproducción en cautividad, seguimiento genético, técnicas de criopreservación y protocolos para minimizar riesgos (desde mortalidad temprana hasta comportamientos indeseados en fases juveniles). Y todo con un objetivo práctico: producir suficientes individuos sanos y diversos como para que, cuando vuelvan al océano, no nazcan ya con el techo puesto.
El calendario no es inmediato. Los propios equipos hablan de un camino de varios años antes de liberar estrellas a gran escala, porque no basta con “soltar” depredadores: hay que elegir sitios, medir supervivencia, vigilar enfermedad y encajar el programa con otras medidas (retirada de erizos, restauración de kelp, gestión local). En paralelo, NOAA ha respaldado grandes iniciativas de restauración del kelp —incluida una recomendación de 18 millones de dólares para un proyecto liderado por The Nature Conservancy y socios— en un tablero donde la estrella girasol vuelve a aparecer como pieza que faltaba.















