En las afueras de Memphis (Tennessee), Estados Unidos, xAI —la compañía de Elon Musk— ha levantado a toda prisa un complejo de cómputo masivo conocido como Colossus, pensado para entrenar modelos de IA a gran escala. Parte de la atención no viene ya por el software, sino por la infraestructura: la prensa estadounidense ha descrito planes que apuntan a necesidades energéticas cercanas a varios gigavatios y a una capacidad de cómputo que se movería en el rango de cientos de miles a más de un millón de GPU (según documentos y fuentes citadas en diferentes informaciones).
En ese tamaño, la electricidad deja de ser una “línea de costes” y pasa a ser el cuello de botella del producto. Un informe respaldado por el Departamento de Energía de EE. UU. estima que el consumo de los centros de datos en el país podría pasar de aprox. 4% en 2023 a entre 6,7% y 12% en 2028, empujado por IA y cripto, entre otros factores. Si esa curva se cumple, proyectos como el de Memphis no compiten solo contra rivales de Silicon Valley: compiten contra el propio margen físico de la red.
La energía como límite del salto de escala
La controversia estalla donde duele: cómo alimentar el monstruo cuando la red no llega (todavía). En Memphis, el debate se ha centrado en el uso de turbinas de gas para sostener parte de la demanda y en si esas operaciones han cumplido (o no) con el marco de permisos y límites de emisiones. Medios y organizaciones locales han documentado choques entre reguladores, autoridades sanitarias del condado y grupos vecinales, con el trasfondo de una ciudad que arrastra problemas de calidad del aire.
La razón por la que esto importa no es abstracta. La combustión en turbinas emite óxidos de nitrógeno (NOx), precursores del ozono troposférico y asociados a impactos respiratorios. La Integrated Science Assessment de la EPA para NOx/NO2 recoge evidencia epidemiológica y toxicológica que vincula la exposición con efectos en salud respiratoria. Y las guías de calidad del aire de la OMS (2021) endurecen los valores recomendados para NO₂, precisamente por la evidencia acumulada sobre daños a bajas concentraciones. Si el plan energético de la IA se apoya en gas “de emergencia” de forma sostenida, el conflicto con salud pública deja de ser retórico.
Controversia local con impacto sanitario
Este pulso local encaja en una tendencia global: la IA está empujando una reindustrialización silenciosa (electricidad, refrigeración, agua, suelo). Recopilaciones recientes basadas en estimaciones de la Agencia Internacional de la Energía sitúan el consumo eléctrico de centros de datos en un carril de fuerte crecimiento durante esta década, y subrayan además que la presión no es solo sobre la generación, sino sobre transmisión, distribución y disponibilidad de agua para refrigeración.
Y hay un giro geográfico que lo vuelve todavía más político: la frontera regulatoria. Mientras el complejo de Memphis concentra el foco, Mississippi ha anunciado inversiones vinculadas a xAI en Southaven, justo al otro lado de la línea estatal, lo que reabre el debate sobre si parte del despliegue energético e industrial tenderá a moverse hacia jurisdicciones con trámites y estándares distintos.















