En silencio, casi sin que nos demos cuenta, los hongos patógenos están conquistando terreno. Ya no hablamos de pandemias víricas o brotes bacterianos, sino de una ofensiva fúngica impulsada por el cambio climático que está remodelando los mapas de la salud pública y la biodiversidad.
Un nuevo estudio internacional, publicado en Research Square, pone el foco en los hongos del género Aspergillus, especialmente A. fumigatus, un viejo conocido de los hospitales y una amenaza creciente en el hemisferio norte. El dato es demoledor: más de 1,8 millones de personas mueren cada año por infecciones provocadas por estos organismos microscópicos.
Los hongos que vienen: cómo el cambio climático abre la puerta a nuevas amenazas invisibles y España está en peligro
Las proyecciones científicas no dejan lugar a dudas. El planeta se calienta, y con él se expanden estos hongos, tradicionalmente ligados a climas templados o tropicales. La investigación —que ha cruzado datos de más de 11.000 muestras genéticas con complejos modelos de entropía— revela que Europa, Canadá, Rusia y China podrían convertirse en nuevos puntos calientes para la aspergilosis. Lo que antes era excepcional empieza a normalizarse: A. fumigatus se desplaza hacia Escandinavia, mientras que A. flavus y A. niger, más habituales en zonas cálidas, ya apuntan al norte del continente europeo.
En España, el problema ya está dejando huella. Un informe del Instituto de Salud Carlos III indica que los casos de aspergilosis invasiva han aumentado en la última década, especialmente entre pacientes inmunodeprimidos y hospitalizados. El ascenso de las temperaturas, que en algunas regiones supera los 1,6 ºC respecto a la media preindustrial, y la prolongación de las olas de calor han generado condiciones óptimas para la supervivencia y diseminación de esporas fúngicas.
Además, estudios de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC) advierten de que la resistencia de A. fumigatus a los antifúngicos más comunes ha comenzado a detectarse también en entornos agrícolas españoles, donde el uso intensivo de azoles en cultivos podría estar favoreciendo mutaciones preocupantes.
La amenaza no es meramente estadística. Las esporas de Aspergillus están en el aire que respiramos, invisibles, omnipresentes. En individuos sanos no suponen un riesgo, pero en personas inmunodeprimidas pueden desencadenar infecciones graves, incluso letales. Y el problema va más allá de la salud humana. Estos hongos también atacan cultivos básicos como el maíz, el trigo o las nueces, liberando micotoxinas que comprometen la seguridad alimentaria global.
Europa se encuentra, así, en una encrucijada biológica. Con temperaturas medias al alza y lluvias cada vez más erráticas, el terreno es cada vez más fértil para estos organismos oportunistas. El sistema sanitario, sin embargo, no está preparado. Las infecciones fúngicas suelen diagnosticarse tarde, y la resistencia a los antifúngicos crece más rápido que la capacidad de respuesta.
“La adaptación de los hongos al cambio climático está infravalorada”, alerta el doctor Norman van Rhijn. El mensaje es claro: si no se actúa con visión de futuro, la próxima crisis sanitaria podría estar ya flotando en el aire. Literalmente.















