Desde que irrumpieron en nuestras vidas como una revolución silenciosa, las redes sociales han transformado por completo la manera en la que nos relacionamos. Lo que empezó como una herramienta para compartir fotos o reencontrarse con antiguos amigos del colegio, ha terminado por convertirse en una especie de hábitat paralelo, donde nuestra existencia parece no tener valor si no viene acompañada de likes, seguidores o stories.
Entre la Generación Z y los millennials, no estar en redes es, literalmente, no existir. Las apps —TikTok, Instagram, X o incluso BeReal— se han integrado en nuestras rutinas con tal naturalidad que resulta difícil recordar cómo era vivir sin ellas. Y lo peor: ya no hablamos de plataformas de entretenimiento, sino de una adicción moderna que consume horas, atención y autoestima.
Zygmunt Bauman lo tenía claro: “Zuckerberg se hizo obscenamente rico explotando la inseguridad más profunda del ser humano”
El filósofo Zygmunt Bauman, conocido por acuñar el concepto de modernidad líquida, fue uno de los primeros en poner el foco en esta deriva social. En una entrevista con Jordi Évole para Salvados, advertía que figuras como Mark Zuckerberg han amasado fortunas milmillonarias —más de 50.000 millones de dólares— explotando uno de los miedos más profundos del ser humano: el miedo a quedarse solo.
@kapitalkultural Zygmunt Bauman en una entrevista para el programa "Salvados". ##entrevista #sociologo #bauman #facebook #descubrir #sociologíaentiktok #social #personas #soledad ♬ Einaudi: Experience - Ludovico Einaudi & Daniel Hope & I Virtuosi Italiani
“El gran pánico de nuestra era es la desconexión”, explicaba Bauman. “Las personas tienen pesadillas con ser expulsadas, con perder el contacto con el mundo que las rodea”. Y ahí, justo ahí, es donde las redes meten el anzuelo: al subir una foto y recibir un me gusta, sentimos que alguien nos ve. Que alguien está ahí. Que importamos.
Pero es una ilusión cuidadosamente diseñada. Porque ese afecto digital, ese vínculo invisible, no es real. La mayoría de los contenidos que consumimos están filtrados, maquillados o directamente falsificados. Solo vemos los momentos felices de los demás. Nadie enseña el bajón, la ansiedad o la tristeza, aunque estén ahí, al otro lado de la pantalla.
Y mientras tanto, los datos no mienten: crecen los niveles de soledad, ansiedad y depresión. Las redes no son el problema, pero sí el parche que aplicamos mal. Funcionan como un refugio emocional, pero acaban siendo una cárcel invisible. Y quizá ha llegado el momento de preguntarnos si este modelo de conexión nos está acercando... o solo nos está dejando más solos que nunca.















