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El pez óseo más grande de la historia: 16 metros de largo y 45 toneladas, dominó el Jurásico y desapareció al cambiar el océano

Entre 165 y 152 millones de años atrás, Leedsichthys, el mayor pez óseo, alcanzó 16 m y 45 toneladas, se alimentó de plancton, dejó fósiles en Europa y Sudamérica y desapareció cuando todo cambió.
El pez óseo más grande de la historia: 16 metros de largo y 45 toneladas, dominó el Jurásico y desapareció al cambiar el océano
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Actualizado: 13:30 15/1/2026

En los océanos del Jurásico, cuando la palabra gigante suele evocar colmillos, mandíbulas y depredadores imposibles del género de los dinosaurios, el pez óseo más grande de la historia jugaba en otra liga. Leedsichthys no dominó los mares por la fuerza, sino por volumen, eficiencia y una apuesta evolutiva arriesgada: alimentarse filtrando plancton en un océano que, durante millones de años, fue extraordinariamente productivo.

Entre hace 165 y 152 millones de años, Leedsichthys problematicus nadó junto a reptiles marinos como los pliosaurios, auténticos superdepredadores del Jurásico. Sin embargo, su éxito no dependía de competir con ellos, sino de aprovechar la base microscópica de la cadena alimentaria. El plancton era el auténtico motor de aquellos mares, capaz de sostener bancos de peces, invertebrados y, en casos extremos, vertebrados de hasta 16 metros de longitud y unas 45 toneladas de peso.

El mayor pez óseo jamás conocido: 16 metros y 45 toneladas, reinó en el Jurásico hasta que el océano cambió

Pertenece a la familia Pachycormidae, un grupo de peces óseos que combinó formas carnívoras rápidas, comparables al atún o al pez espada, con experimentos radicales como el filtrado masivo. Dentro de ese linaje versátil, Leedsichthys llevó la estrategia al límite. Sus largas aletas pectorales, su potente cola y, sobre todo, sus arcos branquiales con estructuras filtrantes indican un animal diseñado para mover enormes volúmenes de agua y retener partículas nutritivas, no para morder presas.

Leedsichthys

Reconstruir su aspecto exacto sigue siendo un desafío. Su esqueleto no estaba completamente osificado y gran parte era cartilaginoso, lo que explica por qué los fósiles suelen ser fragmentarios. Aun así, hay restos repartidos por Inglaterra, Francia, Alemania, Chile y Argentina, una distribución que encaja con un animal adaptado a mares abiertos e interconectados, siguiendo las zonas más ricas en plancton.

Reconstruir su aspecto exacto sigue siendo un desafío: pese a que tenía partes óseas, gran parte era cartilaginoso

En contra de todo lo que podemos pensar en un principio, el gigantismo de Leedsichthys no implica lentitud. Algunas estimaciones sugieren velocidades cercanas a los 18 km/h, suficientes para recorrer grandes distancias en busca de alimento. Los adultos, por tamaño, serían objetivos difíciles incluso para los pliosaurios, aunque los juveniles probablemente vivían bajo una presión constante.

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Su desaparición no apunta a una derrota frente a depredadores, sino a algo más silencioso y devastador: el cambio en el océano. Cuando la comunidad planctónica se transformó, el “combustible” biológico dejó de ser suficiente. El nicho del gran filtrador no desapareció, pero sí su protagonista. Más tarde lo ocuparían otros peces y, ya en el Cenozoico, las ballenas. Hoy, Leedsichthys permanece como una señal fósil de hasta dónde puede llegar la vida cuando el océano acompaña.

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