En Forsmark, Suecia, enterrar residuos nucleares a más de 500 metros bajo tierra deja de ser solo ingeniería y se convierte en un acto de precisión casi artística. Una red de túneles se abre en la roca para almacenar combustible gastado durante 100.000 años, en un proyecto que supera 1000 millones de dólares y cuyo calendario abarca generaciones enteras.
La idea surge del estancamiento que arrastra la energía nuclear desde los años 50: hoy representa cerca del 10% de la electricidad mundial, pero los residuos de alta radiactividad siguen dependiendo de soluciones temporales que no pueden garantizar seguridad a largo plazo.
Suecia sella residuos nucleares a 500 metros, invierte miles de millones y confía en que nadie los toque durante un siglo
El núcleo del problema no está en la cantidad de residuos, sino en su tiempo de peligrosidad. En Forsmark, la estrategia es sencilla y extrema: encapsular cada barra de combustible irradiado en cobre dentro de túneles profundos, aislándolas del mundo durante siglos y milenios.
La rutina habitual comienza en las centrales, donde el combustible usado se enfría en piscinas de agua que funcionan como escudo y refrigeración. Después pasa a barriles secos de acero y concreto, donde permanece vigilado, dependiente de mantenimiento constante. Las fallas, como en Fukushima en 2011, muestran lo frágil de este sistema. Forsmark busca reemplazar esa fragilidad con aislamiento absoluto: una vez enterradas, las cápsulas no necesitan humanos ni supervisión continua.
¿Por qué Forsmark? Tres razones técnicas lo definen: estabilidad geológica, mínima actividad sísmica y un lecho rocoso de casi 2000 millones de años, prácticamente inalterable desde su formación. Desde la superficie, una rampa de 5 km desciende hasta los túneles, que suman 66 km en total, distribuidos en 3 a 4 km². Cada cápsula de cobre, de 5 metros de largo y 1 de diámetro, contiene un inserto de hierro fundido para mantener el combustible seguro, mientras que la logística está diseñada para minimizar la exposición humana.
El método KBS-3 se basa en tres barreras: el cobre, la arcilla bentonita y la roca estable. Cada cápsula se sella, se revisa y se deposita; luego el túnel se cierra con hormigón y arcilla, como si nunca hubiera existido. En total, 6000 cápsulas recibirán combustible gastado de Suecia, garantizando que los residuos más peligrosos queden aislados.
El proyecto comenzó formalmente en 2009, fue aprobado en 2024 y su construcción arrancó en enero de 2025. Se espera que los primeros contenedores entren a finales de la década de 2030 y que el sistema completo esté operativo en 2080. El desafío no es solo técnico, ya que se han acumulado los problemas en los últimos tiempos: la inevitable corrosión, disputas legales y lo improbable de un sistema seguro pero incierto podrían retrasar la obra, recordando que la verdadera seguridad nuclear no es un evento, sino un proceso largo de revisión.
Cuando Forsmark termine, el sitio quedará prácticamente invisible: las instalaciones de superficie desaparecerán, los túneles quedarán sellados, y los residuos nucleares, encerrados bajo cobre, bentonita y roca, dormirán 100.000 años bajo la tierra. La apuesta es que este aislamiento funcione mejor que cualquier supervisión humana diaria. Forsmark y su gemela finlandesa, Onkalo, muestran un camino: enterrar el problema en profundidad para dejar de gestionarlo constantemente.















