Durante años, la idea de reducir la semana laboral a cuatro días ha generado entusiasmo, impulsada sobre todo por organizaciones como 4 Day Week Global. Pero ¿qué ocurre cuando una entidad independiente decide evaluar el modelo con una lupa más rigurosa?
Eso es lo que han hecho investigadoras del Boston College en un nuevo estudio publicado en la prestigiosa revista Nature Human Behaviour. Y los resultados, lejos de pinchar la burbuja, confirman que los beneficios no solo existen: se habían subestimado.
Bueno para el trabajador y para el patrón
La investigación analizó a 2.896 empleados de 141 empresas distribuidas por seis países (Reino Unido, Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda e Irlanda). Todas ellas implementaron el modelo 80-100-100, que propone trabajar el 80 % del tiempo, cobrando el 100 % del salario, con el compromiso de mantener el 100 % de la productividad. La jornada media descendió de 39 a 34 horas semanales, sin pérdidas salariales.
Pero lo más interesante es el enfoque elegido. A diferencia de anteriores estudios centrados en indicadores externos —como el rendimiento empresarial o el número de tareas completadas—, este trabajo incorporó una herramienta olvidada desde los años 80: el índice de capacidad laboral percibida. Es decir, no preguntaron qué tanto se hizo, sino cómo de bien se sintieron haciéndolo. Los trabajadores evaluaron su desempeño actual comparándolo con el mejor momento de su vida profesional. El resultado fue claro: a menor carga horaria, mayor sensación de competencia, control y claridad en las prioridades.
En términos de salud, los datos también fueron significativos. Las personas que participaron en la semana de 4 días reportaron un 16 % menos de problemas de sueño y episodios de burnout, y un 14 % menos de fatiga. Como comparación, un grupo de control de 12 empresas que no aplicaron el cambio incluso vio aumentar en un 1,4 % los casos de agotamiento laboral. La diferencia habla por sí sola.
Este estudio, al estar desvinculado de intereses organizacionales directos, aporta una visión más neutral y da peso académico a un movimiento que hasta ahora parecía impulsado por la promesa más que por la evidencia empírica. Además, refuerza la idea de que los beneficios de trabajar menos no se limitan a la productividad: tocan directamente aspectos psicológicos clave como el bienestar, la percepción de eficacia y el equilibrio vida-trabajo.















