En Copenhague, el primer ministro groenlandés Jens-Frederik Nielsen decidió ponerle palabras —y límites— a la ofensiva retórica de Donald Trump sobre la isla: si hoy se le obligara a escoger, Groenlandia preferiría seguir vinculada a Dinamarca antes que pasar a manos de Estados Unidos. Lo dijo en una comparecencia conjunta con Mette Frederiksen, en un momento en el que Washington insiste en que necesita “poseer” Groenlandia por razones de seguridad.
El mensaje no fue solo simbólico. Frederiksen calificó de “inaceptable” la presión de su aliado y avisó de que lo más difícil podría estar por venir, mientras Trump volvía a deslizar que un simple acuerdo de arrendamiento no le vale y que la OTAN “tiene que entenderlo”. En paralelo, el Gobierno estadounidense ha mantenido la idea de “comprar” la isla y no ha cerrado del todo la puerta a escenarios más agresivos, lo que ha tensado la conversación dentro de la propia alianza atlántica.
La presencia militar que ya existe
La ironía es que Estados Unidos ya está en Groenlandia… desde hace décadas. La base de Pituffik (la antigua Thule) es un nodo clave para alerta temprana y vigilancia espacial, y su radar forma parte del sistema de aviso de misiles; todo bajo acuerdos bilaterales que conceden a Washington un acceso militar muy amplio sin necesidad de anexiones. Ese detalle alimenta una lectura incómoda en Copenhague y Nuuk: la discusión parece menos sobre “presencia” y más sobre soberanía, prestigio y control político del Ártico.
En el tablero interno, Groenlandia es un territorio semiautónomo con una puerta legal abierta a decidir su futuro. Desde 2009 cuenta con autogobierno reforzado y un marco que reconoce el derecho de los groenlandeses a la autodeterminación (incluida la independencia, si así lo acuerdan), mientras Dinamarca retiene competencias como defensa y política exterior. Por eso Nielsen puede decir “Dinamarca, aquí y ahora” sin que eso cierre —al menos en teoría— el debate de fondo sobre hacia dónde quiere ir el país a medio plazo.
Ártico, recursos y el pulso diplomático
La insistencia de Trump también se entiende por lo que hay bajo el hielo… y por lo que el deshielo está haciendo más accesible. Informes y análisis recientes vuelven sobre la combinación explosiva de minerales estratégicos (como tierras raras), nuevas rutas y competencia geopolítica en un Ártico cada vez más transitado: un cóctel que atrae inversión, presión diplomática y, en el peor caso, pulsos de poder. Dinamarca, por su parte, ha respondido reforzando el discurso de soberanía y anunciando más gasto en seguridad ártica, consciente de que la temperatura política también está subiendo.
El siguiente capítulo se juega en Washington: los ministros de Exteriores de Dinamarca y Groenlandia tienen prevista una reunión con el vicepresidente JD Vance y el secretario de Estado Marco Rubio, con el objetivo de bajar la espuma sin ceder el núcleo del asunto. Si algo deja esta escena es una fotografía incómoda para la OTAN: aliados hablando de amenazas entre aliados, mientras Groenlandia intenta blindar un “no estamos en venta” que ya se convirtió en lema hace años. Y, al fondo, una pregunta que lo complica todo: cómo se negocia la seguridad del Ártico sin convertirla en una subasta territorial.















