No es ciencia ficción. El bisonte europeo, el animal terrestre más pesado que todavía habita en Europa, se ha convertido en el centro de un audaz experimento en España: utilizar a un gran herbívoro como herramienta ecológica en un territorio marcado por incendios, sequías y degradación del suelo. Los machos adultos pueden alcanzar 1,80 metros de altura en la joroba y superar las 1760 libras, un tamaño que altera el paisaje a cada paso. Su presencia no es solo física: su alimentación, movimiento y comportamiento modifican ecosistemas completos.
El arriesgado experimento de España: 12 bisontes recorren 1.870 millas hacia 2500 acres de Andalucía para restaurar bosques
Dieciocho bisontes europeos fueron transportados desde Polonia en un viaje de aproximadamente 1870 millas y liberados en un santuario privado de 2500 acres en Andalucía, zona que ya alberga especies raras. El objetivo es observar, mediante métricas precisas y seguimiento constante, cómo se adaptan al clima local y si el impacto ecológico justifica los riesgos. Los animales fueron equipados con collares GPS, monitoreados por drones y cámaras trampa, y sus hábitos alimenticios se analizan mensualmente.
España enfrenta una presión ambiental histórica. La disminución de la actividad agrícola ha reducido el número de ovejas y otros herbívoros que mantenían a raya la vegetación inflamable. En este contexto, la solución propuesta es simple y brutalmente pragmática: si el manejo humano falla, un gran herbívoro puede realizar el trabajo de manera continua. Los bisontes pisan, crean senderos, devoran brotes y hojas, y reducen la masa de vegetación que alimenta los incendios forestales.
El proyecto, sin embargo, no está exento de riesgos. Adaptarse al calor, formar grupos estables, alimentarse adecuadamente y evitar conflictos son preguntas clave que deben responderse durante la fase de observación. Además, la reintroducción enfrenta obstáculos legales: liberar bisontes en la naturaleza está prohibido, por lo que los animales dependen de áreas privadas y de tutores legales.
El seguimiento del experimento también revela efectos ecológicos menos visibles pero esenciales. Al revolcarse, los bisontes crean depresiones que retienen agua de lluvia y generan hábitats para anfibios y otras especies. Su estiércol, libre de contaminantes, alimenta escarabajos peloteros y contribuye a un efecto dominó que beneficia aves y microorganismos.
Este proyecto no solo busca restaurar bosques y frenar la desertificación; recuerda la casi desaparición de la especie, cuyo último bisonte salvaje europeo fue cazado en 1919 en Polonia. Hoy, con más de 10.000 ejemplares en todo el mundo y centros de cría activos en Europa, España apuesta por un experimento único: un gran herbívoro capaz de alterar paisajes, diversificar hábitats y cumplir en décadas lo que los humanos no lograron durante siglos.















