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Uber anuncia por sorpresa el despliegue de coches autónomos sin conductor en Madrid: una flota masiva antes de 2029

El robotaxi al estilo Los Ángeles será una realidad en España, ahora queda ver norma a norma, y con un criterio central, si el sistema demuestra, con métricas y auditoría, que puede circular sin convertir la ciudad en un experimento.
Uber anuncia por sorpresa el despliegue de coches autónomos sin conductor en Madrid: una flota masiva antes de 2029
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Actualizado: 10:47 5/2/2026
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Uber ha metido a Madrid en el mapa de sus próximos “viajes con vehículos autónomos”, un anuncio hecho al calor de la presentación de resultados del último trimestre de 2025 y enmarcado en un objetivo ambicioso: convertirse en el mayor “facilitador” de trayectos en robotaxi hacia 2029. La clave semántica importa: la compañía no está diciendo que vaya a ser propietaria de toda la flota, sino que quiere ser la plataforma que los coordine —como ya hace con coches con conductor— a medida que distintos socios pongan vehículos en la calle.

La lista de ciudades que Uber menciona junto a la capital española dibuja el tipo de apuesta: despliegues en grandes mercados urbanos (London y Los Angeles) y en plazas donde el sector está acelerando permisos y pilotos (Hong Kong, Zurich y Munich). En el mismo mensaje, la empresa subraya que ya hay robotaxis “funcionando” en varias ciudades de EE. UU. y en Abu Dhabi o Dubai, lo que sugiere una estrategia de expansión por capas: primero, integrar oferta donde ya existe; después, abrir nuevos mercados con socios locales y marcos regulatorios listos.

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El arranque real: zonas, límites y supervisión

El “cómo” suele ser más prosaico que la palabra robotaxi: en casi todos los despliegues reales el arranque es geocercado (zonas concretas), con condiciones de operación muy controladas y, a menudo, con supervisión humana en fases iniciales en fases iniciales. No es solo una cuestión técnica; es gestión del riesgo. La conducción automatizada todavía choca con el mismo muro: la seguridad se juega en los casos raros —obras inesperadas, lluvia intensa, señalización ambigua, peatones impredecibles—, y los reguladores suelen exigir evidencia operativa gradual antes de ampliar el perímetro.

En España, esa partida se cruza con el marco de pruebas y autorizaciones en carretera: no basta con que una app lo anuncie, hace falta encaje con permisos, responsabilidades y protocolos (desde ciberseguridad hasta seguros y reporte de incidentes). La Dirección General de Tráfico lleva años moviendo piezas para ordenar ensayos de conducción automatizada y conectada, precisamente para que el salto del laboratorio a la ciudad no sea un “todo o nada”, sino un proceso verificable.

Competencia global y negociación calle a calle

El anuncio también llega en plena carrera global: Waymo escala servicio en EE. UU.; Tesla empuja su narrativa de autonomía; y Uber intenta jugar a dos bandas, integrando distintas tecnologías en su marketplace. En paralelo, la compañía ha ido cerrando acuerdos con proveedores para robotaxis en diferentes plazas, una señal de que su tesis no es “un coche propio”, sino “muchos coches, una sola puerta” de entrada” para el usuario.

Para Madrid, si el plan cuaja, el debate no será solo futurista: será urbano. ¿En qué barrios arranca? ¿Cómo convive con VTC, taxi, buses y carriles? ¿Qué datos se reportan y con qué transparencia? Y, sobre todo, ¿qué umbral de seguridad se exige para ampliar el radio?

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