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Roma lucha contra el turismo: acceder a la Fontana de Trevi deja de ser gratis y confirma una peligrosa tendencia

El turismo masivo ha dejado de centrarse en conocer destinos para convertirse en una carrera por consumir imágenes, obligando a las administraciones a replantear cómo gestionarlo y regular su impacto.
Roma lucha contra el turismo: acceder a la Fontana de Trevi deja de ser gratis y confirma una peligrosa tendencia
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Actualizado: 15:00 4/2/2026
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Desde que el turismo de masas se convirtió en un fenómeno estructural, muchos espacios históricos y paisajes icónicos dejaron de ser lugares habitados para transformarse en escenarios sometidos a una presión continua. Primero fue la democratización del viaje; después, la hiperexposición de las redes sociales. El resultado es conocido: flujos constantes de visitantes que consumen el mismo encuadre una y otra vez, obligando a ciudades y pueblos a improvisar soluciones para proteger enclaves pensados para perdurar siglos frente a un uso cada vez más intensivo y fugaz.

Roma pone freno al turismo masivo: visitar la Fontana de Trevi dejará de ser gratis y marca un giro preocupante

En ese contexto se inscribe la última decisión de Roma, que ha optado por poner precio no a la contemplación de sus monumentos, sino al gesto concreto de ocuparlos como fondo de una imagen. El selfie, convertido en ritual contemporáneo del viaje, pasa así a ser una experiencia regulada y de pago.

El ejemplo más visible es la Fontana di Trevi. Mirarla desde la plaza sigue siendo gratuito, pero descender a su nivel, asegurarse el encuadre más reconocible, lanzar la moneda y fotografiarse exige ahora abonar dos euros. La tasa no compra patrimonio ni conocimiento, sino algo mucho más escaso en nuestros días. Se convierte en una transacción regulada por el tiempo, el espacio y la proximidad en un punto saturado. Roma reconoce, de forma implícita, que el valor turístico ya no reside tanto en mirar como en aparecer dentro de la imagen.

Fontana Di Trevi

Durante años, la Fontana di Trevi funcionó como un cuello de botella humano, con miles de visitantes compitiendo por segundos frente al mármol y el agua, hasta convertir la experiencia en algo casi impracticable. El nuevo sistema actúa como una taquilla tradicional.

Es decir, quien paga puede bajar, posar, repetir la foto y permanecer sin prisas, bajo normas que preservan la “escenografía”, como la prohibición de comer o beber. El antiguo ritual de lanzar una moneda para volver a Roma ha sido sustituido por otro más actual y, a la postre, más efímero -aunque suene contradictorio-: certificar en redes que se ha estado allí, y asumir que ese gesto tiene un coste.

La medida ha generado división. Para algunos, pagar lo que cuesta un café a cambio de orden y tranquilidad es razonable; para otros, supone mercantilizar un símbolo histórico. Pero el debate suele pasar por alto una realidad más amplia y que subyace en este tipo de problemas turísticos: estas tasas no nacen tanto del afán recaudatorio como de la necesidad de filtrar flujos y gestionar una presión que ya existe. Con millones de visitantes al año, el pago regula, de alguna manera, el deseo de proximidad, no el interés cultural.

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En Italia hay respuestas distintas al mismo problema. En Santa Maddalena, en los Dolomitas, no se cobra por la foto, pero se limita el acceso a quienes no pernoctan, se encarece el aparcamiento y se obliga a caminar largos trayectos. El objetivo de estas medidas, sopesadas en algunos lugares de España, es cada vez claro: disuadir al turista exprés que llega, dispara y se va, dejando saturación y poco retorno local. Roma y Santa Maddalena ilustran dos enfoques para una misma transformación: el paso de descubrir lugares a consumir imágenes.

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