Irán ha elevado su alerta, pero sin abandonar la vía diplomática. En una entrevista con CNN en Teherán, el viceministro Abbas Araghchi señaló que, aunque la guerra con Estados Unidos no representa una amenaza existencial, su impacto sería “una catástrofe para todos”. Un mensaje dirigido no solo a Washington, sino a toda la región, en un contexto de tensiones militares crecientes.
Al mismo tiempo, el presidente estadounidense Donald Trump ha mostrado interés en negociar un nuevo pacto con Teherán. Entre declaraciones públicas, despliegues navales y maniobras militares, la retórica se convierte en una herramienta de disuasión, mientras la diplomacia trata de evitar que la crisis se descontrole.
Medio Oriente al límite: Irán alerta sobre desastre si hay guerra con Estados Unidos y mantiene la esperanza de un acuerdo nuclear
Cuando Irán habla de “catástrofe”, no es una hipérbole. Araghchi advierte que los efectos de un conflicto serían generalizados, difíciles de contener y capaces de desestabilizar toda la región, donde ya operan múltiples actores armados. El despliegue del portaaviones USS Abraham Lincoln y tres destructores en el Golfo Pérsico refuerza esa percepción: no se trata solo de logística, sino de un mensaje de poder y riesgo calculado.
Pese a la tensión, Teherán mantiene abierta la posibilidad de un acuerdo nuclear, condicionado a garantías de que no se le impondrán restricciones unilaterales y a que se reconozca su derecho al enriquecimiento de uranio con fines pacíficos. La desconfianza histórica, marcada por la retirada estadounidense del pacto de 2015 y los bombardeos recientes de instalaciones nucleares, obliga a Irán a combinar disuasión con diplomacia, paso a paso.
Los líderes supremos, Ali Jamenei y Ali Larijani, refuerzan la advertencia: la confrontación tendría repercusiones regionales, pero también insisten en un camino negociado, estructurado y previsible, sobre todo a corto plazo. Parece que Irán busca equilibrar la amenaza y la negociación, subrayando que la guerra “no es inevitable” y dejando claro que, para ellos, la confianza rota desde 2015 y el derecho al enriquecimiento son las líneas rojas que determinarán cualquier acuerdo futuro.















