En julio de 2025, una señal fulgurante en rayos X sacudió a la comunidad astronómica. Procedía de una galaxia situada a un corrimiento al rojo de z = 1,036: la luz que la delataba había iniciado su viaje hace unos 8.000 millones de años.
No era una fuente persistente ni una supernova convencional. Era un fenómeno transitorio de brillo extremo, capaz de encenderse y apagarse en cuestión de días, cuando la mayoría de explosiones cósmicas energéticas evolucionan durante meses o incluso años.
No es ciencia ficción: un extraño surgido surgido hace 8000 millones de años revela el primer agujero negro devorando una estrella
El evento, bautizado como EP250702a y descrito en Science Bulletin bajo el título “A fast powerful X-ray transient from possible tidal disruption of a white dwarf”, descolocó a los investigadores. Sus propiedades no encajaban con ninguna categoría conocida. Observaciones en rayos X, gamma, infrarrojo y radio permitieron reconstruir un escenario límite: la posible destrucción de una enana blanca a manos de un agujero negro de masa intermedia.
Cuando una estrella se acerca demasiado a un agujero negro, las fuerzas de marea pueden desgarrarla en un proceso conocido como evento de disrupción por marea (TDE). El gas arrancado forma un disco de acreción que emite intensamente, especialmente en rayos X. Se han documentado más de un centenar de estos episodios, casi todos asociados a estrellas similares al Sol, con fulguraciones que pueden durar años. Sin embargo, EP250702a se desvaneció con una rapidez sin precedentes: su brillo disminuyó más de cien mil veces en tan solo veinte días.
Las enanas blancas, núcleos estelares comprimidos hasta densidades extremas, cambian las reglas del juego. Solo pueden ser interrumpidas por agujeros negros de masa intermedia, objetos esquivos con miles o decenas de miles de masas solares. Si el agujero negro es demasiado masivo, la estrella desaparece sin dejar rastro visible; si es menor, el proceso adopta una morfología energética diferente. El análisis de la variabilidad, con escalas mínimas de 1,5 segundos, sugiere una masa cercana a las 75.000 masas solares, lo que refuerza esta hipótesis.
Además, se detectaron potentes fulguraciones gamma compatibles con un chorro relativista. Con el paso de los días, el espectro pasó de duro y no térmico a estar dominado por una componente térmica, una señal inequívoca de un disco de acreción super-Eddington alimentado por los restos estelares. Si esta interpretación se confirma, EP250702a no solo documenta un fenómeno raro, sino que también abre una vía directa para rastrear una población de agujeros negros que, hasta ahora, apenas dejaba huellas en el mapa del cosmos.















