La humanidad tiene un objetivo entre ceja y ceja: llegar a Marte y, algún día, plantar una colonia. Misiones como el rover Curiosity llevan años escudriñando su superficie en busca de señales de vida pasada, con hallazgos que prometen mucho y al mismo tiempo dejan más preguntas que respuestas. El programa Artemis II funciona como trampolín tecnológico para la primera misión tripulada al planeta rojo.
Marte pide hogares para el futuro: la humanidad planea colonizarlo con ladrillos de orina y bacterias
Pero llegar es solo el primer paso. La gran pregunta es: ¿cómo nos hacemos una casa allí? No se trata de diseño, sino de supervivencia. Un equipo del Politecnico di Milano, la Universidad de Central Florida y la Universidad de Jiangsu propone un enfoque sorprendente: dos bacterias trabajando juntas. Una sobrevive en condiciones extremas y produce oxígeno; la otra convierte orina humana en piedra. Con este dúo se podrían fabricar ladrillos directamente del suelo marciano, sin hornos, fábricas ni materiales traídos de la Tierra.
¿Por qué importa? Porque enviar maquinaria o materiales a Marte dispara los costes hasta niveles astronómicos. Además, construir con lo que hay allí no es sencillo. La biocementación soluciona ambos problemas y reduce el consumo energético: hasta siete veces menos que fundir el suelo con microondas y casi 50 veces menos que la sinterización térmica. De paso, convierte residuos humanos en material de construcción, cerrando un círculo perfecto.
La técnica lleva décadas estudiándose en la Tierra para estabilizar suelos, frenar la desertificación o construir con menos CO₂. Este proyecto traslada ese conocimiento al espacio, con posibles aplicaciones aquí: hormigón autoreparable o construcción más sostenible.
Eso sí, todo está aún sobre el papel. Las bacterias nunca se han probado ni en Marte ni en laboratorio con regolito real, y factores como la gravedad reducida, los percloratos tóxicos y la escasez de agua complican la ecuación. La propuesta es prometedora, pero todavía un concepto en gestación, con un largo camino por delante antes de que podamos llamar a Marte “hogar”.















