Hubo un tiempo en el que la infancia se medía en rodillas llenas de heridas, descampados interminables y aventuras que hoy pondrían los pelos de punta a cualquier padre. Antes de convertirse en uno de los actores más respetados del cine español, Luis Tosar vivió esa realidad en primera persona.
El intérprete gallego, de 52 años, recuerda una niñez marcada por el contraste entre el mundo rural y una ciudad que apenas comenzaba a crecer, un escenario perfecto para alimentar la imaginación. Con la perspectiva que da el tiempo, el protagonista de Celda 211 mira atrás con nostalgia, pero también con cierta incredulidad ante los riesgos que entonces parecían formar parte del juego.
Luis Tosar rememora los veranos de su niñez y admite que, visto con los ojos de un padre, no entiende cómo salieron ilesos
"Me crié en Xustás, en un entorno muy rural. Luego nos mudamos a Lugo, cuando mi padre empezó a trabajar en la ciudad. Nos instalamos en un barrio del extrarradio, la ciudad estaba en construcción, un poco como en la película Golpes. Era un mundo urbano pero a medias, porque estábamos rodeados de descampados y la ciudad empezaba unos cientos de metros más allá. Eso también te da una manera de entender la infancia y de fantasear desde otro lugar. Recuerdo mi infancia como una época superdivertida", indica.
"El problema, claro, está en esos recuerdos "superdivertidos" cuando los piensas un poco con detenimiento hoy en día, y desde la perspectiva de un padre y no de un niño. Todo eran aventuras en las que te la jugabas. Ahora que todos somos padres sobreprotectores, pienso que nosotros en aquella época jugábamos en sitios peligrosísimos, como fábricas abandonadas repletas de socavones, escombros y metales retorcidos que te podías clavar. Poco nos pasó para lo que hacíamos", recuerda.
Tosar admite haber sido un niño travieso, pero no más que sus compañeros. Sin embargo, la clave de su transformación hacia una mayor seguridad podría residir en el tipo de juegos que ofrece la tecnología moderna. Estos juegos han eliminado la necesidad de aventuras peligrosas, que antes eran impulsadas por una imaginación vívida y ahora casi superflua.
"Salíamos a jugar a un sitio que parecía un campo de entrenamiento para los marines. Y todo aquello despertaba y cultivaba mucho la imaginación, porque jugabas a cualquier cosa y con lo que tuvieras a mano. Así es como me creía que estaba viviendo una auténtica película de piratas o una aventura a lo Indiana Jones. El tiempo, y el progreso de la esperanza de vida, nos dirá si hicimos bien o no en dejar, poco a poco, este tipo de infancias y de veranos atrás", concluía.















