La NASA, agencia que lleva años trabajando por volver a la Luna, ha puesto en la mesa un escenario que parece sacado de la ciencia ficción, pero que los números sugieren con creciente seriedad. El asteroide 2024 YR4, de unos 60 metros de ancho y comparable al tamaño de un edificio, tiene actualmente alrededor de un 4% de probabilidades de impactar la Luna el 22 de diciembre de 2032. Aunque pueda parecer poco, las consecuencias potenciales son lo suficientemente significativas como para captar la atención de astrónomos y agencias espaciales de todo el mundo. No, no es una exageración.
La NASA alerta sobre el asteroide 2024 YR4 y su posible choque con la Luna: un impacto mil veces más potente que Hiroshima
Si el impacto se produjera en el hemisferio lunar visible desde la Tierra -probabilidad estimada en un 86%- podría generar un destello luminoso observable a simple vista, dependiendo de la meteorología y la posición de los observadores. Hawaii y el oeste de Estados Unidos se presentan como puntos privilegiados para presenciar el fenómeno, aunque cualquier rincón con cielo despejado podría ser testigo de un espectáculo cósmico de proporciones únicas.
Más allá del brillo, el riesgo real para la infraestructura espacial es considerable. Los modelos de la NASA sugieren un 1% de probabilidad de que el impacto genere una nube de fragmentos y meteoritos diminutos que podrían quedarse temporalmente en órbita cercana a la Tierra. Estos desechos aumentan el peligro para satélites, estaciones espaciales y futuras misiones lunares, situando a los astronautas en un entorno más hostil y elevando la urgencia de tomar decisiones estratégicas sobre posibles intervenciones.
El 2024 YR4 fue detectado en diciembre de 2024 y, aunque inicialmente se consideró un riesgo de colisión con nuestro planeta, observaciones posteriores descartaron ese peligro. Desde entonces, la probabilidad de un impacto lunar ha fluctuado y hoy se sitúa en torno al 4%, manteniendo el foco en los debates sobre desviación o fragmentación del asteroide. La energía liberada en caso de impacto sería equivalente a unos 6 millones de toneladas de TNT, unas 400 veces la bomba de Hiroshima, suficiente para explicar la atención puesta en los escombros que podrían derivarse.
La ventana de acción es estrecha: cualquier misión de intervención debería realizarse al menos tres meses antes del impacto previsto. Incluso el telescopio James Webb, con su próxima observación en 2026, podría cambiar radicalmente la estimación de riesgo, aumentando o disminuyendo la probabilidad de colisión. La NASA se enfrenta así a un dilema de gobernanza bajo incertidumbre: actuar pronto con datos incompletos o esperar y arriesgar la dispersión de escombros peligrosos.















