2026 se está convirtiendo en el año en el que varias promesas de la “nueva era espacial” dejan de ser titulares futuristas y pasan a tener fecha en el calendario: vuelos tripulados más allá de la órbita baja, cohetes gigantes afinándose a base de ensayos reales y un tablero cada vez menos dominado por un único país o una única agencia.
El gran faro mediático será Artemis II, la misión con la que la NASA quiere volver a llevar astronautas a las cercanías de la Luna por primera vez en más de medio siglo. La tripulación —Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen— volará en Orión impulsada por el SLS para una misión de varios días alrededor del satélite, una prueba general que debería validar sistemas de navegación, comunicaciones y soporte vital en espacio profundo. En la documentación pública del programa, el lanzamiento figura programado para 2026 (con el objetivo situado, como muy tarde, en abril).
El pulso lunar de Estados Unidos
En paralelo, el otro “termómetro” del año será el avance de Starship, porque su madurez técnica condiciona buena parte del ritmo estadounidense hacia la Luna. SpaceX cerró 2025 encadenando vuelos de prueba cada vez más ambiciosos (incluido el despliegue de simuladores de satélite y maniobras más exigentes en reentrada), y la propia NASA ha subrayado que el sistema es clave dentro de su arquitectura lunar. Si 2026 consolida esa curva de aprendizaje —más control, más repetición, más fiabilidad—, el panorama de misiones tripuladas y logísticas puede acelerarse; si no, volverá el efecto dominó de los calendarios.
Mientras tanto, la Estación Espacial Internacional seguirá siendo el “taller” cotidiano donde se prueba casi todo: ciencia, mantenimiento, rotaciones y cápsulas. Aquí la pieza a vigilar será Starliner: tras una etapa marcada por problemas técnicos, la NASA planea un nuevo vuelo de prueba no tripulado en 2026, con la idea de revalidar el vehículo antes de ampliar su papel en misiones con astronautas.
El “taller” en órbita y sus pruebas clave
El año también se leerá en clave global. China prepara Chang’e-7 con destino al polo sur lunar, una zona codiciada por su interés científico y estratégico, mientras Japón apunta alto con MMX, la misión para estudiar (y traer muestras de) Fobos, una operación delicada que, si sale bien, puede abrir un nuevo capítulo en cómo entendemos el entorno marciano.
Y Europa quiere su propio golpe de efecto con PLATO, un observatorio espacial diseñado para buscar y caracterizar exoplanetas (especialmente, mundos rocosos) alrededor de cientos de miles de estrellas: es ciencia dura, sí, pero también una apuesta de prestigio tecnológico en un momento en el que el espacio se ha llenado de jugadores.















