El reciente estudio de Harvard publicado en Science Advances ha levantado cierta ironía: tras procesar millones de datos con un superordenador de 100.000 núcleos y 500 terabytes de RAM, la conclusión principal fue algo que cualquiera podría haber anticipado: las placas solares son efectivas, pero solo si se instalan en lugares con suficiente sol.
El análisis se centró en el impacto de la energía fotovoltaica en EE. UU. entre 2018 y 2023, y los resultados cuantificaron que un incremento del 15% en generación solar podría evitar unas 8,5 millones de toneladas anuales de emisiones de CO₂. Sin embargo, el matiz clave está en la localización: estados como California, Florida, Texas o el suroeste registran beneficios notables en la reducción de gases de efecto invernadero, mientras que en zonas con baja irradiación solar, como Nueva Inglaterra o Tennessee, incluso un aumento del 20% apenas marca la diferencia.
Donde el sol marca la diferencia
Esto se explica porque la intensidad de la radiación solar condiciona el rendimiento de los paneles, pero también porque la fuente energética dominante en cada región marca la magnitud del cambio. Allí donde la electricidad se produce todavía con carbón —altamente contaminante—, sustituir una parte por energía solar supone un salto inmediato en términos ambientales. En cambio, en territorios que ya dependen de fuentes relativamente limpias, el margen de mejora es menor.
El estudio refleja, en el fondo, algo que ya sabían tanto ingenieros como urbanistas: la geografía manda. No todas las regiones tienen la misma capacidad para aprovechar la fotovoltaica, y la política energética debe considerar tanto la radiación solar disponible como la infraestructura previa. Por eso China está apostando con fuerza por África: abundancia de sol y de terreno barato para instalar grandes huertos solares.
Modelos y política energética
Más allá de la aparente obviedad, la aportación del superordenador radica en la cuantificación precisa del efecto: disponer de cifras claras permite a gobiernos y empresas modelar escenarios de reducción de emisiones y ajustar políticas de inversión con mayor seguridad. Es diferente afirmar que “las placas solares funcionan mejor en zonas soleadas” que demostrarlo con proyecciones a gran escala basadas en datos reales de consumo y emisiones.















